El peso de la pobreza

Julio 31, 2010 a las 11:31 pm

Gerardo Meneses Claros
La Nación Pitalito

Admitidos en el país como una forma lícita de ganarse el sustento diario, los vehículos de tracción animal, comúnmente conocidos como zorras, son, en muchos casos, otra manera inhumana de maltrato animal. Pitalito no escapa al fenómeno.

Nadie niega el servicio que prestan, especialmente en los pueblos, donde aún se conserva esta tradición. Nadie está en contra de que sean utilizados para el oficio que se usan. Nadie se opone a que transiten por nuestras calles; lo que desde siempre se ha pedido es que a los caballos y yeguas que sirven para jalar los coches les den el trato que merecen. No el que, en tantos casos, están recibiendo.
El caballo es uno de esos animales que mayor beneficio le ha traído al hombre; desde siempre fue considerado como el mejor aliado en las faenas del campo. Su anatomía, fuerza, inteligencia y nobleza lo convirtieron en una máquina de trabajo.  Quizá ahí radica  el abuso al que es sometido. Se nos olvida acaso que es un ser vivo que siente, que sufre y que necesita cuidados.
Como soporte de la economía de muchas familias, el caballo del zorrero es el que más expuesto está a la vista de todos en nuestros pueblos y ciudades intermedias. Y es ahí donde más hemos visto los vejámenes a que son sometidos: extenuantes horarios de trabajo, cargas exageradas, maltrato físico o mínimas condiciones alimenticias.

La ruta del café

Como Pitalito es una ciudad cafetera, la producción semanal de este grano es muy importante, es parte de su economía. Bodegas de compra, silos y secaderos requieren del traslado de los sacos de un lado a otro de la ciudad. Las zorras reemplazan a las camionetas, por lógicas razones de economía. Pero no hay derecho a los excesos a que son sometidos los animales.
Las dos vías principales de la ruta del café, la Avenida Pastrana y la Avenida Décima, presentan en su trayecto ascensos y descensos verdaderamente pronunciados. Muchas veces hemos tenido que presenciar el doloroso espectáculo de los caballos subiendo la cuesta a más no poder, jalando un peso excesivo para su capacidad. Casi siempre logra llegar, pero en más de una ocasión los hemos visto caer rendidos, enganchados todavía a la carreta.
De esto se ha hablado mucho en Pitalito. Se ha pedido que para el transporte de los sacos de café se utilicen las camionetas, o que si lo hacen las zorras, se establezca un peso y una carga reglamentaria, acorde con las capacidades de un animal. Se ha hablado, pero nada se ha hecho.

La zorra para el desfile

Se volvió costumbre, de un tiempo para acá, utilizar las zorras para llenarlas de gente en los desfiles. Y cuando digo llenarlas, es llenarlas. Van sentados, de pie, bailando; y el caballo soportando el ruido, el peso, el movimiento y este trato inhumano. En más de una ocasión se le ha pedido a la policía que intervenga y que, no solo haga bajar a los ocupantes, sino que saquen a los animales de los desfiles.
Cosa distinta cuando se utilizan como parte de una comparsa, de una carroza o del desfile folclórico o religioso, en otros casos. El caballo arrastra la carreta adornada con aditamentos de colores, escenografía de papel o cartón y máximo dos o tres personas en ella. Los niños son los que más disfrutan estas representaciones.
Y hay otro desfile que no se escapa a los abusos con los caballos. Es el del paseo al río. La gente del barrio aprovecha los días de sol, festivos o de fines de semana para hacer el paseo de olla al Guarapas. Y sin medir las distancias que separan al pueblo del río, ni pensar en que los animales merecen, aunque sea un día de descanso, atiborran la carreta de gente, mercado, más gente y más víveres para el almuerzo.

De eso se vive

Los vehículos de tracción animal son el soporte económico de muchas familias. Ellos cargan el peso de la pobreza, pero los excesos y los abusos no pueden seguir siendo parte de su condición. No se trata de estigmatizar, prohibir o discriminar un oficio, se trata de ser consecuente y ofrecer el trato que un animal se merece.
En otro tiempo veíamos regadas por las calles las heces fecales que los caballo dejaban a su paso por el pueblo. La ley impuso que cada coche debía llevar un aditamento para recogerlas. La ley lo dice, pero igualmente, muchos no lo cumplen.  No es ni siquiera cuestión de conciencia, es más de sentido común.
Las zorras, en los pueblos, siguen siendo parte de su idiosincrasia, de su economía y de su cotidianidad. No van a desaparecer. Lo que debe desaparecer es el maltrato a los animales; al fin y al cabo de ellos es que viven.

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Se volvió costumbre en los desfiles utilizar las zorras, sin ninguna consideración por los caballos

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Nadie niega la utilidad que prestan los vehículos de tracción animal; lo que hay que reglamentar es las condiciones de trabajo de los animales.

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En los pueblos, las zorras siguen haciendo parte de su idiosincrasia y cotidianidad.



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