Destrozados por los paramilitares en el Huila

Diciembre 20, 2011 a las 5:07 am

En un seminario de víctimas por la violencia en el Huila, una historia estremeció. A una dama de 65 años, los paramilitares le asesinaron con motosierra a su esposo e hijo. Su compañero, tenía un cáncer terminal y así le destrozaron sus dedos, le golpearon con piedras su cabeza y lo pusieron a cargar los cerdos que  tuvo que asar a sus asesinos antes de morir. Sitio de la historia: Colombia, Huila.

FRANCISCO ARGÜELLO

LA NACIÓN, Neiva

Estaba advertido. En su finca, en zona rural de Colombia, Huila, le marcaron con tiza sus paredes. Escribieron que se desterrara porque era  cadáver. Y no hizo caso. No debía nada.

Los paramilitares del bloque Conquistadores del Yarí, que penetraron desde el 2000 el Huila, cuando las Farc se tomaron a Colombia e hicieron con la localidad lo que estuvo a su antojo, tildaron a Jaime (nombre cambiado), como miliciano y les importó poco su vida.

Le dejaron panfletos en la cocina de su finca y hasta extendieron en el suelo falsas conexiones eléctricas para que creyera que el hato estaba minado y se marchara. Tampoco se fue.  Insistía en su inocencia y pensó que nada podría pasarle.

En Neiva, el hombre de 42 años, buscó a su madre para que le acompañara en su finca. Tenía ganado, gallinas, cerdos y una enorme huerta con arveja que produciría en pocos meses. La mujer no le correspondió porque estaba enferma. Gerardo, su padre, de 65 años y quien lo devoraba un cáncer terminal, sí lo hizo. Quería pasar los últimos meses de su finca en tranquilidad y acompañar a su hijo.

Se marcharon el 18 de julio de 2003 y prometían volver dos días después, al menos si el padre le hacía daño el frío. No obstante, jamás regresaron. Esperaron su llamada, pero nunca llegó. “Dijimos con mis hijas, ‘eso es que mi esposo está bien y regresarán juntos’”, recuerda Inocencia, esposa y madre de las víctimas.

Pasaron los días y las noticias del paradero de sus parientes se extinguían. “Un día llegó un profesor a mi casa en Neiva y yo sentí un mal presentimiento. Dije ‘algo pasó’”.

La noticia: Padre e hijo fueron asesinados. ¿Quiénes lo hicieron? Los paramilitares que llegaron desde el 2000 a Colombia, Huila, y se hospedaron durante tres años dejando a centenares de viudas y huérfanos que hoy viven para contar sus historias, muchas de ellas, ocultas.

No les importó que Jaime tuviera problemas de movilidad y Gerardo, su padre, fuera víctima de tres operaciones contra el cáncer. Llegaron hasta la finca y buscaron al adulto mayor por toda la residencia. La revolcaron y hasta serrucharon a las puertas en madera para encontrarlo. Le amarraron a una viga y lo torturaron hasta cuando trajeran a su hijo, quien se movía en una bestia en busca de alimentos.

A él también lo encontraron y terminó junto a su padre. Los dos presenciaron cómo los paramilitares, escondidos con pasamontañas y cuyas manos permanecían cubiertas con guantes, les insultaban y golpeaban.

Los movieron de la finca. Y hasta les hicieron cargar dos marranos y trasladar de sitio una vaca que antes de ser acribillados, debieron matar, pelar y hasta preparar para los responsables de sus muertes. Era la última comida en vida. Fue humillante, pero les pegaban con perreros para que caminaran. Los dos estaban enfermos.

Y, en un filo, después de horas de camino, ocurrió lo peor. Los torturaron (uno de ellos apareció sin uñas, el otro con los dedos destripados). Seguramente querían extraerle información, cree la viuda. Les golpearon con piedras el cráneo y finalmente los desmembraron con motosierras. El doble crimen ocurrió el 23 de julio (tres días después que llegaron padre e hijo a su finca).

Temor después de la muerte

“No podíamos aparecernos por los cadáveres. La razón era que la casa estaba minada de paramilitares”, recuerda Inocencia. No podían preguntar por qué los habían acribillado porque podrían correr con la misma suerte.

“Mi hijo ya sabía lo que iba a pasarle. Le dejaban letreros en la cocina, le pintaban las paredes con amenazas (…). Decía que no debía nada y por eso le restaba atención”, expresa una de las parientes.

La junta de acción comunal pudo acceder a los dos cadáveres. Y los trasladó a lomo de mula y en maletas hasta el casco urbano de Colombia, donde posteriormente los movieron con una volqueta. “Los vistieron con ropa del Ejército”, agrega la viuda.

Una de sus hijas abandonó el susto y llegó hasta la finca en busca de noticias. Se tropezó con un rancho revolcado.

“Las puertas las abrieron con hachas, sacudieron todo. Destruyeron los gallineros, dañaron el tablado de la casa (…)”, describe la mujer, quien temió que estuviera minado y que llegaran los paracos y la mataran.

Desplazados

Los que quedaban de los parientes huyeron desesperados de Colombia, Huila. No podían sumarle más desgracias a una familia humilde y trabajadora. Atrás quedaron gallinas, marranos, caballos y gran cantidad de vacas que se perdieron. ¿Quién las devoró? Nadie responde.

“La finca se volvió el sitio donde todo mundo soltaba sus vacas y caballos. Yo encontré una lista del ganadito que mijito tenía, pero ya para qué”, destaca Inocencia.

Drama

A la familia no le permitieron que vieran los cadáveres durante la velación. Estaban descuartizados y era imposible. No obstante, tres años después de permanecer sepultados en bóvedas, los parientes se tropezaron con una trágica escena: Verlos desfigurados, triturados.

“Como los envolvieron en maletas, pues los cuerpos estaban descompuestos, pero enteros. La sangre estaba vivita. Ahí confirmamos lo horrible que mataron a ‘mijito’ y mi hijo”, añade la mujer. Otro año tardaron sepultados en tierra.

En realidad, los parientes de los difuntos escamparon en Neiva por temor a morir. Y han soportado todo tipo de necesidades económicas que ni siquiera pueden describir, solo sentir. Tanto, que Inocencia, no quiso recibir lo que el Estado pretendía pagarle por su hijo: 1.3 millones. “Eso vale una uña de mi padre”, dice la hija.

“Vendimos la finquita, pero por lo que nos ofrecieron. Nos tocaba. No era lo que valía, pero de perder todo, era mejor que nos diera algo. Estábamos muy varadas, se aprovecharon de la situación”.

Lo cierto es que hoy, ocho años después, se reconoce que en Colombia, Huila, los paramilitares mataron sin guía. A quienes se tropezaran en el camino y les oliera a Farc, una guerrilla que casi destruye el pueblo en junio del 2000.

“Mataban gente por  verla morir”, informa Gerardo José, morador de la zona durante la temporada.

A las víctimas mujeres las amarraban de columnas de las casas y las degollaban. Antes, les mataban los esposos e hijos mayores, principales víctimas del Bloque Conquistadores del Yarí, a cargo de El Tigre, comandante paramilitar, que acribilló a su antojo.

Muchas de las víctimas intentan perdonar, porque realmente no pueden olvidar. Lo hacen porque no tienen otro camino. Por ahora, buscan que el Gobierno los ampare con la Ley de Tierras y ayudas que repare sus daños. La Gobernación del Huila, Redepaz y otras instituciones los instruyen en cómo beneficiarse de las ayudas del Estado.

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Madres de las víctimas de paramilitares. El Huila, también fue afectado por las AUC en el 2000.



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