Salvemos la palabra poetisa

Febrero 5, 2012 a las 4:31 am

Me preocupa el caso de la palabra poetisa. A mí personalmente me encanta y quiero defenderla de quienes intentan hacerla desaparecer impulsando el uso de la expresión masculina la poeta para referirse a la mujer que escribe poesía

Jesús Rodolfo Agudelo Salazar
Especial LA NACION
Aunque, como lo expresa el conocidísimo refrán, “en los gustos y en el amor no manda el gobernador”, en el uso del lenguaje hay palabras y expresiones que llevan en sí mismas una carga de belleza (también las hay cuya carga es de fealdad) que trasciende  el gusto individual. La razón es que son  agradables a casi todos los oídos por su sonoridad (eufonía) o por su significado. Palabras como colmena, madre, ternura, amor son bellas en sí mismas. En tanto que vómito, monstruo, tripa, maldecir son palabras feas, desagradables, de mal sonido. (No coloco otros ejemplos, porque son sencillamente poco menos que impronunciables.)
Me preocupa el caso de la palabra poetisa. A mí personalmente me encanta y quiero defenderla de quienes intentan hacerla desaparecer impulsando el uso de la expresión masculina la poeta para referirse a la mujer que escribe poesía. El fenómeno tiene visos de irremediable: la práctica proviene de personas investidas de autoridad en el manejo de la lengua; no solo algunos escritores (de la talla de Carlos Fuentes) la utilizan, sino que los académicos están aceptando tan discutible uso. Para mi sorpresa, la vi utilizada para referirse a la poetisa mayor de nuestra lengua, la inmortal Gabriela Mistral, nada más ni nada menos que en la Antología editada por la Real Academia Española y la Asociación de Academias como homenaje a nuestra premio nobel: “…en los ojos de la poeta chilena brillaba la emoción contenida” escribe Adolfo Castañón  en su estudio “Semejanzas de Gabriela en voces de Mistral” al referir la actitud en la ceremonia de recepción del galardón.
De ser cierto aquello de que “entre gustos no hay disgustos”, creo que estamos de acuerdo en que la palabra generala golpea nuestro oído, hoy, cuando por primera vez en la historia y gracias a sus extraordinarias conquistas, la mujer ha escalado esas posiciones. Y con toda razón la Real Academia preceptúa “se consideran comunes en cuanto al género los sustantivos que designan grados de la escala militar: el o la soldado, el o la teniente, el o la sargento, el o la comandante, el o la coronel”
Sin absurdas actitudes machistas, pienso que la expresión “la poeta” es demasiado bronca para referirse a ese sortilegio que es la mujer que escribe poesía, para denominar a quien desde la percepción del maravilloso mundo femenino canta a su realidad o a su ilusión, a sus afectos y a sus desafectos. No aceptemos que la palabra poeta se convierta en sustantivo de género común.

En defensa
Una razón lingüística me apoya en mi actitud de defensa de la hermosa palabra poetisa: pese a que extirpar un solo término de las enormes canteras de nuestro léxico representa muy poco (suprimir una voz entre más de ochenta mil no significa nada numéricamente), es de todas maneras un empobrecimiento de nuestra amada lengua, pues nos priva de un término bello. Ese filón extraordinario que es vocabulario del idioma merece que lo conservemos incólume, con las salvedades impuestas por el discurrir de la historia; más en estos tiempos de premuras, de vértigo, de simplificación y de contaminación. Si de algo nos debemos enorgullecer los hispanohablantes es de la infinita riqueza léxica del español, la segunda lengua en importancia del hemisferio occidental.
De lo contrario, presiento que vendrá a decirse ahora que “la alcalde visitó tal vereda”, que “la actor obtuvo un merecido premio”, que “la conde no asistió a la ceremonia”, en acatamiento a los dictados del simplismo y de la desidia. Lo que será una dolorosa amputación de las delicadas (en el mejor sentido de la palabra) voces femeninas alcaldesa, actriz y condesa.

Análisis
El género, esa “propiedad gramatical de los sustantivos y de algunos pronombres que incide en la concordancia con los determinantes, los cuantificadores y los adjetivos o los participios” (según lo define la Real Academia), determina que los sustantivos sean masculinos, femeninos, comunes, ambiguos o epicenos. En nuestra gramática se hallan delimitadas de manera precisa las normas que rigen tan esencial carácter de nuestros sustantivos. A acatar tales normas invito a mis pacientes lectores. Y a recuperar, a no dejar morir de muerte aleve a nuestra preciosa palabra poetisa.



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