Una cosa es la solidaridad y el respeto por el sufrimiento del semejante, y otra el sometimiento que quiere negar a una sociedad su normal desarrollo.  Una el padecimiento, y otra la mitificación del dolor del paciente, las cadenas de oración, como política de Estado. La vida y la muerte hacen parte por igual de lo que conocemos del mundo; y con todo el dolor del caso, estamos obligados a aceptar lo trágico de la existencia. Las sociedades algo han aprendido acerca de tener instituciones que hagan secundario al héroe, al rey, al mandatario, con todas sus vicisitudes. El hombre primitivo, se sentía obligado a enterrar los bienes y hasta la familia, incluyendo niños, para acompañar a quien abandonaba este mundo. Hoy por el contrario, existen naciones como Bélgica, que bien pueden funcionar sin presidentes ni primeros ministros. El caso de Chávez en Venezuela, nos trae la imagen de la dinastía dominante de Korea del Norte, y el avasallamiento de los argentinos a las figuras de Perón y Evita. En Rusia, fue herético sustituir las fotos de Stalin ya muerto, por un sucesor. Personajes inmaculados, que se hicieron insustituibles. Nación que tenga tal dependencia, es porque padece una neurosis colectiva. El paso más importante para suprimir la libertad de un pueblo, es hacerlo tributario del culto a la personalidad. Pareciera que ciertas naciones estuvieran “predestinadas por la divina providencia” (Bolívar), a padecer héroes y mitos que aplastan la libertad individual, antes que temer a potencias extranjeras. Tal vez en nuestro vecindario, los Estados ricos, que concentran enormes recursos, como es el caso de Venezuela y Argentina, son modelo de la desfortuna de crear salvadores providenciales; redentores a quienes los ciudadanos entregan parte de su ego. Es la debilidad del sujeto ante la masa cautivada y controlada. La concentración de medios de comunicación, las marchas interminables, llenas de colores y símbolos apabullantes, las frases que se repiten y se hacen verdades absolutas, aplastan a la persona como tal. Colombia, careciendo secularmente de grandes recursos para fabricar un Estado paternalista, ha tenido que crecer, para bien o para mal, con el esfuerzo del individuo, del cafetero, el pequeño y mediano minero, el industrial menor, el tendero, el comerciante que ahorra centavos. Esto puede haber hecho que el colombiano estime la libertad individual con mayor fuerza, como no ocurre en otras naciones. Nos hemos preservado de esos ídolos de barro, de terminar en el furor de las dictaduras fetichistas. Con todo lo que se diga, es un patrimonio del alma nacional. Conservarlo, requiere una pedagogía de valores que tratan de opacarse con frecuencia.

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