Es innegable el accidentado camino que han recorrido las colectividades tradicionales y los momentos críticos vividos por ellas en más de siglo y medio de haberse constituido como liberalismo y conservatismo. Los oligarcas de los dos partidos viven abrazados y el populacho sufre de hambre y demás calamidades. A las grandes masas nadie las defiende y los partidos se limitan a un rótulo en manos de los politiqueros para cazar incautos. Triste ha sido el espectáculo de congresistas procesados penalmente, así como el cuadro de diputados o concejales purgando penas, de gobernadores, alcaldes, ministros, viceministros y de otros servidores públicos incursos en escandalosas conductas divulgadas por todos los medios de comunicación masiva.

Los remanentes o restos de los viejos partidos son dirigidos actualmente por improvisados individuos que pretenden utilizarlos como medios para costear su subsistencia, pero que carecen de capacidades intelectuales, las cuales reemplazan por las zancadillas, codazos y patadas que se intercambian mutuamente, en sus afanes por llenar sus desocupadas barrigas.

El país esta ahíto de asesinatos, secuestros, atentados, chantajes, extorsiones y otras manifestaciones de violencia, que cubre todas sus regiones y constriñe toda suerte de derechos, a tal punto que somos censurados por gobiernos y organizaciones internacionales, sin que internamente podamos lograr la paz tan anhelada, que nos pondría en el camino de la civilización y del progreso.

Las roscas siguen mandando bajo otros ropajes. Sólo unos pocos figuran como liberales o conservadores, pues la mayoría se volvió del polo democrático, alianza verde, convergencia ciudadana, cambio radical, partido de la U y, en los últimos tiempos, por el denominado frente democrático, que es un coctel de agua bendita con gasolina. Los últimos eventos electorales nos dan la razón, cuando los candidatos no han podido salir con los votos de sus propios partidos, sino bajo otros rótulos o como el producto de angustiosas alianzas de quienes se aferran al carro de la victoria, así sea pegados a la llanta de repuesto.

Para no desentonar con el deporte del balompié que cautivó la audiencia en todas las latitudes relacionadas con el campeonato mundial que tuvo como sede al Brasil, digamos que, guardadas las proporciones, en Colombia permanentemente los políticos se trenzan en agrias disputas y agarrones, que ponen a nuestro Estado al borde de un cataclismo.

La paz es un bien inestimable, el cuál sólo se aprecia cuando se pierde. Claro está que encontrar la paz perfecta es un imposible, pero cuánto ganaría Colombia si escogiera el sendero del sosiego, del descanso, de la tranquilidad, de la reconciliación, de la comprensión y del amor al prójimo, para marchar en igual dirección en busca de un futuro mejor para las próximas generaciones.
 

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