Benhur Sánchez Suárez

 

Resulta paradójico que la llamada “Casona de Jorge Isaacs” sea por un lado considerada un bien de interés cultural, pero, por otro, esté lamentablemente condenada a desaparecer por su acelerado deterioro y por la indiferencia de entes gubernamentales y privados frente al tema de su restauración como bien para la cultura de la región.

En primer lugar, no era propiedad del autor de la inmortal novela “María”. Era de Emiro Kastos, seudónimo literario de Juan de Dios Restrepo, y fue residencia de Jorge Isaacs hasta su muerte porque su amigo se la cedió para que viviera en ella.

La “casona” se construyó en 1880, es decir está cumpliendo 137 años.

En segundo lugar, los entes gubernamentales alegan que la ley les impide actuar en la casona porque el estado no puede invertir en una propiedad privada. Sin embargo, también dicen que hay una Ordenanza del Tribunal Administrativo del 2009 según la cual se ordena a los entes competentes la recuperación de la construcción (El Nuevo Día, sábado 9 de septiembre, 2017, página. 2A)

Si la ley es para todos, no puedo entender cómo el Teatro Julio Mario Santodomingo recibió durante el 2016 la bobadita de 1.464 millones de la Secretaría Distrital de Cultura en Bogotá, sacados gracias a los recaudos de la Ley de Espectáculos, que funciona desde el 2012.

Todos sabemos que el teatro es propiedad privada, construido por el magnate Julio Mario Santodomingo, que es autosostenible porque cobran hasta el saludo, y bien caro, y es un negocio bien montado para beneficio de la cultura del Distrito Capital.

Esos dineros fueron utilizados “para dotarlo de iluminación, sonido y silletería, y de elementos de emergencia; para actualizar el sistema contra incendios y de señalización: y para la impermeabilización y mantenimiento de la terraza de acceso” (El Tiempo, martes 29 de agosto de 2017, página 5)

Entonces, ¿el Tribunal en Ibagué desconoce la Ley? ¿O sí se puede y la tal ley es una disculpa para darle soporte al desinterés gubernamental?

También se ha alegado –porque acá todo se verbaliza, se controvierte, se discute y nunca se llega a concretar acción alguna– que en la tal “casona” no murió Isaacs sino en el marco de la Plaza de Bolívar, cerca de la Catedral.

Ganas de buscarle perlas al olmo. Si Jorge Isaacs se hubiera desnucado en el río Combeima por un accidente, este hecho no invalidaría que haya habitado la casona durante el tiempo en que viviera en ella, que es lo valioso de rescatar como legado para la cultura de la región. Un museo ahí hubiera sido un acto maravilloso de respeto a su memoria. La pérdida arquitectónica y testimonial parece irreversible. Como tantas casonas en la ciudad.

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