Piero Emmanuel Silva Arce*

El movimiento estudiantil ha sido un actor central en las reivindicaciones sociales que han generado cambios y rupturas en la historia colombiana. Uno de los impulsos definitivos lo otorgaron los estudiantes de la Universidad de Córdoba en Argentina en 1918, donde en un texto icónico: el Manifiesto de Córdoba, dejaron plasmadas sus críticas y propuestas. En ese momento este claustro era señorial, clerical y autoritario. No obstante, los cambios sociales y políticos comenzaron a influir en una juventud ávida de libertad y de conocimiento. Los estudiantes -algunos pertenecientes a sectores obreros y de la clase media – se entregaron a la tarea de reclamar una educación que estuviera acorde a sus necesidades y no a los requerimientos de las élites profesorales, administrativas y políticas. Estas últimas conservaban a la Universidades como uno de sus últimos fortines en la sociedad.

La Universidad en América Latina comenzaba a convertirse no solo en una institución para generar conocimiento, sino en un universo donde las ideas confluían para promover transformaciones profundas a realidades complejas. La producción de teoría sin la práctica es un ejercicio estéril decía el materialismo dialéctico que inspiraba a las juventudes rebeldes. En Colombia las Universidades no fueron ajenas a estas circunstancias; gracias a las movilizaciones estudiantiles y de otros sectores sociales se generaron importantes procesos de resistencia, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX.

Las reivindicaciones estudiantiles tenían que ver con la exigencia de una Universidad democrática, con estamentos que representaran a todos los sectores que conformaban la institución, se exigía financiación de la educación, se reclamaba la posibilidad de que los sectores populares pudieran acceder a la formación profesional y se exigía construir saberes conectados con las necesidades de los diferentes contextos. Por otra parte, la movilización estudiantil ha estado articulada con sectores obreros, campesinos, étnicos y gremiales. Se ha resistido desde los claustros a la injerencia de gobiernos extranjeros y al autoritarismo de gobiernos locales.

A 150 años de creada la Universidad Nacional de Colombia, se hace necesario recordar el papel de estos escenarios de encuentro intelectual y humano. Sin caer en la admiración ciega del movimiento estudiantil, es importante reconocer que, gracias a su incidencia, la Universidad pública ha logrado sobrevivir en unas condiciones agrestes. La Universidad pública peligra y la pasividad no puede ser la respuesta.

*Investigador del Grupo: Diálogos.

 

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