El día del maestro ha sido concebido como una fecha para memorar y reconocer la gran labor que nuestros maestros hacen por la educación, quiero aprovechar esta oportunidad para agradecerles a todos los maestros de corazón su labor y animarlos para continuar en esta maravillosa actividad. A quienes hemos tenido la oportunidad de poner como una de nuestras prioridades educarnos, es innegable la influencia que los educadores han tenido en nuestras vidas.

Recuerdo en IV de primaria, en la Escuela Herminia Escorcia Pérez, a la profe Anita, quien en sus tardes me preparaba para el concurso de la canción y de la mano de Jorge Villamil Cordovez y su canción espumas, escrita en 1962, pude interpretar con elocuencia esta inolvidable canción, por ello para mí no es ajena la grandiosa música de quien naciera en Neiva en la hacienda el Cedral.

Recuerdo en el Bachillerato en el Juan XXIII, a la profe de Biología y Química, Nohora Sofía, quien con su entusiasmo y dedicación siempre nos inspiró a hacer los sueños realidad y por ella conocí la que fuera posteriormente la Universidad Surcolombiana, mi segunda casa, como producto de un proyecto de aula, que consistió en reconstruir el sistema óseo, circulatorio y digestivo de una vaca, lo que nos significó ganar un reconocimiento en la feria de las ciencias de la Usco.

Como olvidar al profesor Aníbal que además de enseñarnos Lengua Castellana en las tardes o fines de semana, nos preparaba en teatro y con él realizamos muchas representaciones ayudándonos a desarrollar la oralidad y venciendo la timidez de hablar en público.

El profesor Miller, quien dirigió la banda marcial y nos llevó a ser reconocidos como la mejor banda de paz de Colombia, el profesor Miguelito que además de enseñarnos dibujo, nos inspiró para ser integrantes del equipo de baloncesto con quienes conquistamos varios campeonatos y nos formamos en disciplina y con ellos siempre estuvimos alejados de la violencia y caracterizados por una muy buena condición física.

En la Universidad a la profesora Martha Cecilia, a quien debo su incondicional apoyo y orientación en mi desarrollo profesional, a Ofelia Ramírez quien dejó una huella en mi vida sobre la necesidad de reconocer la condición social del entorno y la realidad del ser humano. A Rodrigo Uprimny, Mauricio García Villegas, María Cristina Patiño quienes afinaron mi olfato de investigador sociojurídico en la Universidad Nacional de Colombia.

Al maestro Antanas Mockus, quien me enseñó a reconocer que la vida y los recursos públicos son sagrados y por supuesto una forma distinta de hacer política. No puedo olvidar por nada del mundo que el mejor maestro de todos los tiempos y mi fuente de inspiración permanente es el maestro Jesús, quien con sobradas condiciones nos ha enseñado a cultivar la paciencia, la humidad y el amor al prójimo.

Quien como él para seguirlo como referente permanente en estos días de crisis de moralidad y desasosiego, él es el camino, la verdad y la vida misma y debemos seguir de manera permanente su ejemplo, ante la penumbra que a veces suele  embargar a nuestros días, su luz será siempre la mejor guía en los agrestes caminos que nos permita la vida.  Son tantos los bellos recuerdos y los maestros que han influido en nuestras vidas, que la conclusión debe ser la misma, después de madre y padre maestros.  Que Dios los bendiga e ilumine siempre y les llene de muchas energías para continuar dando lo mejor de sí por nuestros alumnos.

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