Roberto Vélez Vallejo es el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros.

CLAUDIA MARCELA MEDINA GARCIA

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Creció entre el café y la familia.  ¿Cómo recuerda su infancia?

Crecí en la zona cafetera Pereira, para ese entonces era el equivalente a lo que es Pitalito hoy, es decir, el municipio más productor de café en Colombia. Eso quiere decir que el café estaba en todas las calles de la ciudad. Crecí en una familia con cinco hermanos, todos hombres, yo soy el número cuatro. Mi papá era un arquitecto antioqueño, de La Ceja-Antioquia, graduado de la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín y, tenía unos parientes en Pereira que lo invitaron a irse a vivir allá, porque no había mucha competencia y él llegó a principios de los 50’s a Pereira. Mi mamá era la hija de una persona ilustre del departamento y lo digo con cariño. Mi abuelo, Gonzálo Vallejo Restrepo, es considerado en Risaralda como el padre del departamento. Él fue quien lideró la gesta del departamento de Risaralda al de Caldas.

 

¿Una familia numerosa y tradicional?

Era de una familia muy tradicional que vivía en una finca cafetera, el café fue muy rentable en esa época, los precios daban con qué mantener la finca y hacer recreación. Estudié en un colegio donde sólo estudiaban hombres, el Colegio Calasanz de Pereira, bajo la batuta de sacerdotes españoles. Teníamos una disciplina rigurosa pero con una visión abierta, europea. Siempre estuve entre los cinco mejores estudiantes de mi salón. Además, fui deportista, fui parte de la Selección de Baloncesto de Risaralda, estuve en la escuela de fútbol de mi colegio, en el equipo de Vóleibol del colegio. Me dediqué a tener buenos hábitos y me dediqué al deporte.

 

Con el paso del tiempo crece, ¿en dónde estudió después?

Como buen pereirano, salí de la ciudad. Llegué a Bogotá a los 18 años. Terminado el colegio, veníamos a Bogotá o a Medellín a la Universidad, porque aunque en Pereira estaba la Universidad Tecnológica de Pereira, había muy pocas opciones y carreras para elegir. En la mente de nosotros siempre estaba en Bogotá. Inicialmente estudié un año y medio en la Javeriana, empecé ingeniería civil pero no era lo mío. Terminé estudiando Economía en la Universidad del Rosario.

 

¿Sus papás eran estrictos?

Mi papá era muy duro. Él tenía una teoría muy dura, cruel, pero cierta que era: “un muchacho de 15 años no tiene nada que hacer en la calle después de las siete de la noche”. Yo vine a conocer las horas nocturnas como estudiante universitario pero no en la época de colegio.

 

Usted se refiere a su abuelo con mucho cariño…

Mucho. Primero por el amor enorme que él tenía por Risaralda, por Pereira.  Un civismo que se perdió. Con el presidente Gaviria fundaron el periódico La Tarde y mi abuelo era un hombre a quién todo el mundo consultaba. Además estaba muy pendiente de todos los eventos que acontecían. Fue un hombre que dedicó toda su vida al trabajo por su tierra, por sus habitantes, por la cultura. Tenía clarísimo que debíamos educarnos; su pasión y orgullo éramos nosotros, sus trece nietos, trece profesionales, cada uno con postgrado.

 

Bueno, pero usted contó con una gran fortuna. ¿Poder prepararse fuera del país?

Sí, teníamos la fortuna que la familia nos podía mandar a estudiar fuera de Pereira y que una vez acabada la época de universidad, podíamos salir a ejercer al exterior y a seguir estudiando, obteniendo títulos. Mi papá antes de que iniciara a hacer el doctorado, me consiguió un trabajo en Pavco, la firma que hace tubos y pisos, acá en Bogotá. Iba medio día mientras estudiaba. Empecé a trabajar en planeación y luego en el área de mercadeo. Recuerdo cómo me tocaba ir a las ferreterías. Me tocó ir a Medellín, a Cali, a las ventas de tuberías, mirando la competencia, realizando informes, pasando reportes y ese fue mi primer trabajo. Luego, me fui para Inglaterra, allá empecé estudiando inglés y luego hice un postgrado en administración, en el sur de Inglaterra. Regresé a Pavco y cuando volví me dijeron que saber inglés y tener postgrado no les servía de mucho a ellos porque necesitaban otro perfil. Entonces me ‘desinflé’, dije, perdí todo este tiempo. Pero después de eso, tuve la fortuna de pertenecer a la Federación de cafeteros.

 

¿Cómo fueron sus inicios en la Federación?

Yo empecé a trabajar cuando tenía 26 años, en el departamento de ventas, en el área comercial. Estuve en la oficina de New York como un año y por allá a finales, en el año 90 se abrió un puesto de la oficia de Tokio y Juan Camilo Restrepo, mi jefe en ese momento, a quien le debo mucho, me dijo que me fuera. Estuve allá tres años y medio, y al año de haber llegado, finalizando el período presidencial Gaviria, me llama la ministra Nohemí Sanín me informa que el presidente quería que los acompañara como embajador en Malasia. Yo tenía 35 años y tomé ese reto. Dentro de ese reto estaba renunciar a la Federación e irme.

 

¿Y cómo le fue en esa experiencia?

Muy bonita, fue una experiencia muy bonita pero muy dura porque yo fui el primer embajador. Allí sólo estuve año y medio por la crisis política y ya después el presidente Samper tenía otras ideas políticas, otras orientaciones para la gente, entonces nos devolvimos y me quedé sin puesto pero estando en Malasia me llama Jorge Cárdenas diciendo que sabía que me había quedado desempleado, que pasara por la Federación. Vine a la Federación y empecé a trabajar nuevamente en ventas.

 

 ¿Otra vez en el área comercial?

Sí, pero esta vez encargado de algo muy bonito. Empezar el área de “cafés especiales”. Tengo el honor de haber sido quien empezó esta área. Hoy el Huila hace parte de este proyecto tan hermoso que iniciamos. Ya luego entre 1996 y 1999 me enviaron a Tokio nuevamente para ser el representante de la Federación y allí estuve 3 años y medio, de nuevo. Regresé de Tokio a Bogotá y estuve seis años en la parte comercial. Hicimos grandes cambios en la institución. Aumentó de manera considerable las ventas de sacos de café especiales. Después, ya en el 2008 tomé una decisión que sorprendió a todo el mundo. Decidí irme de la Federación. Salí y estuve haciendo como dos años consultorías. En ese mismo tiempo me llamó Jaime Bermúdez, el que era el canciller del presidente Uribe, contándome que estaban pensando abrir una embajada en Emiratos Árabes, entonces que los acompañara, que me habían recomendado. Más tarde me habló la ministra María Ángela Holguín y me fui como el primer embajador a Emiratos Árabes. Estuve tres años allá, del 2011 al 2014. Allí la ministra me cuenta que se devuelve la embajadora que estaba en Tokio y necesitaba a alguien en Japón y, estuve como embajador allá también. Tengo el honor de ser el primer embajador de Colombia que hablaba japonés.

 

¿Cuántos idiomas habla?

Yo hablo inglés, japonés, un poco de francés, pereirano y, opita. (Risas)

 

Salir de la Federación y volver a ser Embajador, ¿por qué?

Primero que todo aprendí demasiado acerca de las culturas. En Malasia, por ejemplo, es muy interesante, porque a pesar de no ser un país autónomo, hoy tiene sentadas todas sus energías en que el año 2020, es un país desarrollado. Segundo, me tocó vivir la cultura musulmana, el mundo islámico. Se abre mucho la mente, uno entiende que el mundo va mucho más allá de Pereira y que hay muchas oportunidades pero al mismo tiempo, muchos retos. Tanto Malasia como Emiratos Árabes tienen una visión de futuro, una planeación que logra resultados provechosos y distintos a pesar de que algunos países también cuentan con riquezas similares. La diferencia está en la planificación, en la construcción. El dinero, más la visión empiezan a formar un círculo virtuoso. Y en Japón, toda la disciplina, las entregas a largo plazo, el trabajo en equipo; y esa es de las cosas que me han servido a mí desde que fui embajador. Ahora las pongo en práctica, interactúo a la par con mi equipo, todos los integrantes son parte integral del grupo.

 

¿Cómo logra llegar a la gerencia de la Federación?

Yo creo que hay mucho de suerte (Risas). Pero, también hay mérito. Jaime Bermúdez, cuando me llamó, me dijo que no había escuchado tantas cosas buenas de alguien.  Entonces fue una combinación de disciplina, de creer que soy parte de una institución, de un grupo humano, de ser alguien capaz de orientar y ponerse metas hacia adelante y empujar todos hacia la misma dirección. Hay que ser claro en cuáles son los objetivos y mover todos los recursos humanos, de capital, de energía, para tratar siempre de alcanzar lo propuesto.

 

¿En dónde traduce usted su disciplina?

La traduzco en todo lo que hago. He estado lesionado pero soy un hombre que se levanta a las cinco de la mañana para ir al gimnasio. Soy un tipo que cuadra una agenda y busco cumplir todo exactamente con las horas. Soy aquel que se pone una meta y trata de manera disciplinada llegar allá.

 

¿Lecciones aprendidas?

Yo me siento como un empleado más de la Federación. Yo me vine de embajador a aquel que manejaba las diapositivas, sin ningún problema. Me quedó grabado como lección de vida, que las venias se las hacen al escritorio, cuando uno ya es una persona normal, sin cargos, ya nadie le hace venias a uno. En Colombia la gente no entiende eso. Sigue sintiéndose en el puesto, incluso cuando no lo tiene ya. Y es muy efímero.

 

El sector cafetero aunque ha avanzado, ¿hoy está en medio de dificultades?

Nos está afectando que todavía nos falta emprendimiento. Yo aplaudo a alguien cuando me dice, “gerente, estoy exportando, empecé a tostar, yo mismo lo empaco y tengo el cliente”. Debemos evolucionar de ese paternalismo enorme que tenía la Federación queriendo resolver todos los problemas. Hoy no tenemos los recursos de hace 30 – 40 años, pero tenemos la institucionalidad. Nos afecta lo que está pasando internacionalmente, es una guerra muy fuerte. Hubo un grupo de inversionistas que empezaron a meterse en el café hace tal vez 8 o 10 años. Y, empezaron a comprar tostadores, a hacer un proceso de aglomeración de la industria y hoy ya son tal vez el tostador más grande del mundo. Por primera vez Nestlé, que fue siempre el tostador más grande, está viendo su posición amenazada. Hoy tenemos una guerra de precios. Eso ha venido presionando el mundo del café. Debemos ir a los nichos con mayor valor.

 

¿Qué les ha aprendido a los cafeteros de Colombia?

Humildad, sencillez, trabajo duro, no desfallecer, eso. La vida de un cafetero es muy dura. Son ejemplo de perseverancia, de resiliencia. Si hay algo que hago, es estar con ellos, estar en contacto, ser su vocero, escucharlos.

 

¿Su familia?

Desafortunadamente, estoy recién separado de un matrimonio largo, de 30 años. Tengo dos hijos, un hijo que ya es profesional, está trabajando y nació en Japón. Tengo una hija que está en la Universidad y nació en Malasia, entonces yo siempre me defino como el papá de los asiáticos.

 

¿Cómo recibe la condecoración “La Vorágine”?

Con toda la humildad y con muchísimo orgullo y honor. Pero, creo que es un reconocimiento más al gremio caficultor del Huila que al gerente general.

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