La Nación

Nov 27 de 2014 1:19 PM
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Sábado, 25 Febrero 2012 20:34

La travesía de ir a la escuela

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Dos menores de edad arriesgan a diario sus vidas para llegar a la escuela en Quebradón, zona rural del municipio de Íquira. Cuando no cruzan un abismo de 1.500 metros de altura,
Dos menores de edad arriesgan a diario sus vidas para llegar a la escuela en Quebradón, zona rural del municipio de Íquira. Cuando no cruzan un abismo de 1.500 metros de altura, dentro de una canasta metálica suspendida por un cable, deben descender a pie por una angosta trocha. LA NACIÓN visitó el lugar y cuenta su historia. CAROLINA AMÉZQUITA CASTRO LA NACIÓN, NEIVA Cuando no tienen los 1.500 pesos para subir en la tarabita y llegar a la escuela en el menor tiempo posible, los hermanos Quintero deben descender por una trocha llamada el ‘Filo de la Culebra’ –su nombre hace referencia al delgado y tortuoso camino bordeado a lado y lado por un precipicio cercano a los mil metros-. En la vereda Quebradón, distante a hora y media del municipio de Íquira, residen Luisa y Luis, de 9 y 7 años de edad, los hermanos Quintero, como sacados de un cuento infantil, con cuerpo menudo, baja estatura y piel lozana, se acompañan a diario en dicha travesía. Para llegar a la vereda el camino no es nada mejor, las pendientes dejan a la mitad cualquier novato motociclista que se atreva a arriesgarse. Un campero Willis de vieja data sube solo una vez por día, dejando prácticamente incomunicados a los habitantes. A nuestra llegada a Valencia de La Paz, el centro poblado más cercano de la escuela y al cual pertenece la vereda el Quebradón, nos alertan sobre las adversidades del camino, la cuerda, como le llaman a la tarabita, “queda en el mero filo”. Luego de pasar quebradas, puentes de madera y pendientes bordeadas por el precipicio durante todo el camino, arribamos a la escuela, sede de la Institución Educativa Valencia de La Paz. Una última trocha empinada, que recorremos a pie nos separa de la pequeña pero acogedora estructura, rodeada de altas y verdes montañas sembradas de café -es la cordillera, dice la profesora Sandra Rojas, una mujer joven y berraca que llegó a impartir conocimiento a la comunidad desde hace siete años- “Cuando llegué no habían ni carreteras y era la única profesora. Hoy gracias a Dios ya nos abrieron las vías, aunque no pavimentadas ya entran motos y nos autorizaron una docente más para preescolar”, relató la profesional. Las docentes tienen a su cargo 47 alumnos de preescolar hasta quinto grado, entre las dos se encargan de que cada uno de sus pequeños aprenda desde matemáticas hasta educación física. Por su puesto, así esto les implique vivir en la escuela y abandonar entre semana a sus familias. “La vocación de servicio y el amor a la profesión lo recompensan”. ‘Lo importante es llegar’ Suena la campana. Una improvisada pieza metálica que cuelga del techo es tocada por la ‘profe’, como le llaman sus estudiantes, el agudo sonido pone a correr a todos los chiquillos que jugaban fútbol después de almorzar en el restaurante escolar. Es la señal, deben volver a clases. Luisa va directo a su salón de clases, cursa cuarto grado, mientras Luis, su hermano, se dirige al salón del grado segundo. Ambos de ojos claros y rasgos similares pero son como el agua y el aceite. “Lo que más me gusta de la escuela es aprender cosas nuevas, que nos hagan evaluación y las tareas que me pone la profe… me gusta mucho venir y estar con mis amigas”, afirma la pequeña mientras su hermano menor estira los labios en señal de desagrado y dice: “Noo…a mi lo que más me gusta es jugar fútbol. El estudio casi no me gusta, sino que mi papá me hace venir”. Una hora más de clases, son las 3:00 p.m. Suena nuevamente la campana avisando que los estudiantes deben regresar a sus casas. En compañía Luisita y Luisito, como les llaman sus compañeros de clases, emprendemos el camino hasta la tarabita, dos kilómetros nos separan. Con morral y chaqueta al hombro inician la caminata, el clima paramoso y la húmeda vegetación hacen el lugar aún más frío, el silencio de la montaña es interrumpido ocasionalmente por animales propios del lugar o algunos perros que cuidan celosamente su tierra. Entre el hombre y la naturaleza no se interpone nada, bien podría tratarse de un retiro espiritual, la señal de los teléfonos celulares no llega. Solo hasta hace un día, la televisión satelital fue instalada por la misma comunidad, permite ver 180 canales y saber del mundo. Antes de ella, era un verdadero remanso de paz desconectado del resto de la humanidad. Empieza el ascenso y falta el aire, el físico citadino hace lo suyo, mientras Luisita y Luisito caminan ágilmente por el camino pedregoso, se mueven como pez en el agua, cuidando no resbalar con el abundante barro que se posa sobre la vía. Mientras realizamos el recorrido, la niña cuenta que a diario se levantan a las 5:00 a.m. para llegar puntual a sus clases. “Mi mami nos despierta y vamos a bañarnos…el agua es muy fría a esa hora, pero cuando uno termina de bañarse el frío se va. Luego nos ponemos el uniforme, desayunamos y a las 6:30 a.m. empezamos a caminar para llegar temprano”, dice la niña. Advierte que solo cuando están haciendo la ‘Minga’ –trabajos para arreglar un poco la vía, realizados por su padre y algunos habitantes de la vereda, pueden pasar por la tarabita-. “Pero eso es muy de vez en cuando, casi no lo hacen… ahí si nos dejan pasar porque ellos cruzan con las herramientas para hacer el trabajo”. Sin detenerse a analizar los riesgos que trae cruzar en la tarabita, las mentes fantasiosas de los menores les hacen pensar que es mejor pasar por allí. “Me gustaría que la escuela fuera más cerquita o que todos lo días pudiéramos pasar por la tarabita, es chévere, parece como un avión, no me da miedo, pasamos solos”. A diferencia del común de la gente que cuenta con todas todas las comodidades, Luisita y Luisito no se detienen a pensar en el hecho de no tener los $3.000 diarios que cobran por pasar en la tarabita a cada uno, ni en los peligros del camino que deben recorrer a diario para llegar a la escuela.niños Ellos, con o sin tarabita quieren llegar a clases, así eso les implique caminar tres horas diarias. “Pues, el camino siempre es peligroso en un parte porque hay unas piedras del río que son muy resbalosas. Le llaman el Filo de la Culebra, porque el camino porque parece una culebra. No nos da miedo, pero ya me he caído varias veces, me echo a rodar y llego sucio”, dijo el menor. Sin importar que llueva o haga neblina, los niños salen todos los días a la misma hora. Lo único que puede detener su viaje, es que uno de los dos se enferme. “Cuando uno de los dos se enferma el otro no va al colegio tampoco porque a mi mamá le da miedo que se vaya solo. No me gusta que eso pase porque siempre quiero venir a estudiar”, sostiene la menor. Cuando el río San Francisco, por el cual deben pasar durante su recorrido, está crecido, Luis Quintero, caficultor y padre de los menores, se desplaza con ellos hasta la escuela. “Mi papá viene y nos deja o cruzamos en la canasta”. ‘Podemos volar’ Llegando a la tarabita hay una pequeña caseta que resguarda algunos implementos de la maquinaria. Un grueso tubo color naranja bien atornillado sostiene la estructura sujeta con fuertes cables de ocho centímetros de diámetro aproximadamente. La canasta en la que debemos subir para cruzar de una montaña a la otra, fue diseñada para transportar bultos de café, el cultivo que abunda en la zona. Los niveles de seguridad de la estructura son proporcionales al valor de su carga, no seres humanos. Suspendida del cable, la canasta se balancea al recibir el peso de los menores, quienes acostumbrados al mecanismo, se divierten con nuestra inexperiencia. “Eso no pasa nada, es chévere, como si fuéramos volando”. En este viaje nos acompaña Kevin Andrade, un pequeño de cinco años que debido al peligroso camino que realizan los menores para ir a estudiar, ahora vive con una tía cerca a la escuela, por decisión de su progenitora. Una vez arriba de la estructura, Miller Castro Lavao, presidente de la Junta de Acción Comunal, lanza un fuerte silbido. Es la señal, el operador de la tarabita, ubicado al otro lado, es alertado para que empiece a mover la canasta. Movimientos lentos pero fuertes hacen que la estructura se balancee más duro. El viento frío se mezcla con el verde de las montañas, una paz natural invade la canasta mientras los niños sujetan con sus manitos la rejilla. –No sienten miedo, solo disfrutan de la aventura y el hermoso paisaje-. Suspendidos en el aire por tan solo un cable, el mismo río San Francisco que los niños ven de cerca a diario, caudaloso e imponente, desde el aire parece un hilo blanco. 1.500 metros de altura nos separan del suelo. En un recorrido de tres minutos llegamos a la otra montaña, allí una caseta similar a la del otro extremo resguarda el control de la tarabita, que más parece un automóvil por dentro, con el motor expuesto. “La prendemos cada ocho días, de viernes a lunes, para transportar carga y el que quiera pasar pues pasa. Cuesta $1.500 por persona o bulto. El mantenimiento al motor se lo hago cada cinco meses, la gasolina si toca estarla comprando”, afirma Juan Ricardo Barrios, uno de los operadores de la máquina. De un salto al suelo, los chicos ya están fuera de la canasta, listos para continuar su camino a casa, distante un par de kilómetros más. Luisita y Luisito, juntos como desde el mismo momento en que salen de su casa, se despiden cariñosamente. Hoy, gracias a nuestra visita, deberán caminar solo 15 minutos más. Con una sonrisa inocente dan media vuelta y emprenden la marcha. No piensan en el camino de mañana, gastar 60 horas caminando al mes, o pasar en la tarabita, arriesgando su integridad en un mecanismo diseñado para cargar bultos,  es algo normal, ya no les preocupa. ¿De la comunidad para la comunidad? (Recuadro) La tarabita fue puesta en funcionamiento en el año 2001, cuando la comunidad se cansó de perder tiempo y dinero tratando de sacar sus productos agrícolas al mercado. La gestión fue hecha ante la Administración Municipal y la Fundación Hocol, que  aportaron una parte del dinero con el cual se construyó el mecanismo, desde entonces ha sido la misma comunidad quien administra, opera y hace el mantenimiento a la tarabita, que tuvo in costo total de 18 millones de pesos. LA NACIÓN interrogó al presidente de la Junta de Acción Comunal, Miller Castro Lavao, sobre por qué los estudiantes deben pagar a diario por cruzar en la tarabita y esto fue lo que contestó: “Una de las razones es porque esto fue construido para carga, no para transportar gente, en vista de eso y del riesgo de los niños, preferimos no hacerlo porque el que la construyó no dijo que no lo recomendaba. La tarabita es operada por nueve personas quienes cobran el paso y con ese dinero se hace el mantenimiento de la máquina”. Ante el tema, la secretaria de Educación del Huila, Gladys Canacué, afirmó que estos casos se presentan de forma repetitiva en el departamento, por razones que no solo dependen de su cartera. “Son muchos factores relacionados, vías, las diferentes administraciones, entre otras”, dijo. La funcionaria, quien manifestó desconocer el caso en diálogo con LA NACIÓN, se comprometió a revisar personalmente el particular. “Lo ideal sería hacer primero un estudio socioeconómico en la zona donde viven los menores, saber cuantos más realizan el recorrido y de qué edades para contemplar la idea de tener la escuela en la zona, evitándoles así el extenso recorrido. Vamos a hablar con el rector y a hacer los contactos con la comunidad para ver las posibilidades que tenemos allí”. niños profe
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