La Nación

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Domingo, 30 Septiembre 2012 19:15

Volver, Por Martha Cecilia Cedeño Pérez*

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Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno
Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno/son las mismas que alumbraron con sus pálidos reflejos  hondas horas de dolor… Así comienza uno de los temas más hermosos de ese sentir visceral que es el tango.  Y ¿quién no lo ha cantado alguna vez con los ojos llorosos en la distancia más enorme, en la nostalgia prístina del exilio o mientras desde el avión o el autobús contempla las luces de esa ciudad amada a la que se regresa después de mucho tiempo? Volver. Tornar a lo conocido. A aquello abandonado por distintas circunstancias de la vida. Regresar al lugar de los afectos con heridas en el alma y en la piel, pero con la esperanza de reencontrar esos arraigos, a la vez sutiles y profundos. Volver a los aromas, a las visiones, a los sonidos poetizados en la lejanía, a las imágenes edificadas sobre los recuerdos y las nostalgias. Tornar a ese mundo dejado atrás para constatar, irremediablemente, nuestra posición ambigua en un contexto en el que de alguna manera, ya somos extraños y extrañas. Y entonces descubrimos con asombro nuestra condición de seres intersticiales, de personas condenadas a estar entre dos mundos, dos formas de hacer, dos maneras de entender la cotidianidad.   Seres a la intemperie cuyo único oficio parece ser el de adaptarse lo más rápidamente posible a esa nueva realidad tan distante de aquella dejada el día de la partida. Y cuando la persona que vuelve a su lugar de origen lo hace obligada por las circunstancias adversas, su regreso estará marcado indefectiblemente por esa sensación de fracaso. Por haber malgastado los años en intentos fallidos, en empresas tocadas por el infortunio. Tal como sucede hoy con las miles de personas latinoamericanas residentes en España, que ante la crisis han tenido que abandonar ese país con una mano adelante y otra atrás. En esas condiciones el regreso a casa es la mejor alternativa pese a las hondas horas de dolor, a las nieves del tiempo y a la terrible la frustración.  No obstante, cuando se decide regresar al lugar de los afectos por voluntad propia, porque ya se ha cumplido un ciclo vital y se ha visto ese mundo ancho y ajeno, y se ha palpado la soledad de la partida y las connotaciones del viaje, volver es la mejor manera de oxigenar la existencia, de resarcir las heridas del exilio, de reanudar el camino.  Pues como dice Gardel: “pero el viajero que huye/tarde o temprano/detiene su andar. /Y aunque el olvido /que todo destruye /haya matado mi vieja ilusión, /guardo escondida una esperanza humilde /que es toda la fortuna /de mi corazón”. Volver… marthas *Antropóloga y poeta
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