Las mayorías opitas que le dieron el triunfo a la exalcaldesa de Neiva, actuaron en contravía de las órdenes presidenciales: “ser implacables con los corruptos, no ser complacientes con estos sinvergüenzas” Pero esta perversión clientelista, ¿ya es parte de nuestro entorno? ¿Por qué aquí los politiqueros corruptos no son indeseables? Candidatos de dos en conducta ¿Y ganan? ¿Aquí hay cómplices? ¿Mangualas? O ¿somos irresponsablemente resignados con las roscas, los chanchullos, con las mismas y los mismos de siempre? O ellos se creen insustituibles, mesiánicos, engolosinados del poder, con el poder, en el poder, para poder seguir haciendo màs de lo que sabemos, porque sabemos cómo lo hacen y con quiénes lo hacen. Lo único que no sabemos es qué se hizo la plata de los neivanos y por qué cambiaron de afán los proyectos del plan de desarrollo, para construir andenes y andenes por todo lado. ¿Qué grado de credibilidad y de confianza tendrá su administración, cuando no se ha cerrado el capítulo de la corrupción con la  justicia? ¿Gobernará defendiéndose en los estrados judiciales y haciendo nuevos negocios a la  vez? ¿Qué tanto se podrá creer en un gobierno bajo sospecha perpetua y ortografía dudosa? ¡No la tiene fácil en medio de tantas tentaciones clientelistas que como ciertos roedores olfatean y descubren dónde está el queso! Empezó mostrándonos qué tantas marrullas aprendió de su patrón, manipulando los medios para mantener un alto nivel de figuración desde el inicio; por eso aprovechó al máximo el acto protocolario de posesión, con dobles shows mediáticos. Organizó  un peregrinaje de contrición por los santuarios del sur del Huila, demostrándonos en  medio de una parafernalia religiosa, sus mea- culpa, como un intento de desintoxicación ética, de limpieza y desinfección moral y administrativa. Porque tiene mucho de qué arrepentirse, como cuando últimamente escogiò la peor forma de ganar unas elecciones: la del todo vale que enloda las campañas y mancha las conciencias. Esos golpes de pecho deberían surgir también del carrusel de contratistas, porque ellos patrocinadores de campañas, deberían compartir culpas y riesgos y serios propósitos de enmienda para no dejar obras inconclusas, de muy baja calidad o entrampadas en enjambres de pleitos, donde al final los contribuyentes terminan pagando lo que no se comieron.

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