Es innegable el accidentado camino que han recorrido las colectividades tradicionales y los momentos críticos vividos por ellas en más de siglo y medio de haberse constituído como liberalismo y conservatismo. Se asegura que son  policlasistas, pero ellos han llevado por dentro el germen de su propia destrucción, por el natural antagonismo de sus componentes, pues tradicionalmente ha existido la clase dominante y el pueblo irredento. Como lo dijera Jorge Eliécer Gaitán, la oligarquía es una sóla. Los oligarcas de los dos partidos viven abrazados y el populacho sufre de hambre y demás calamidades. A las grandes masas nadie las defiende y los partidos se limitan a un rótulo en manos de los politiqueros para cazar incautos. Nuestros partidos tradicionales son como muertos que no pudieron ser enterrados, como ocurre con los seres biológicos, pero sus nombres siguen siendo utilizados. Quienes sin apasionamientos los analizan no encuentran signos vitales. Apenas se observan los despojos.  Triste ha sido el espectáculo de congresistas procesados penalmente, así como el cuadro de diputados o concejales purgando penas, de gobernadores, alcaldes, ministros, viceministros y de otros servidores públicos incursos en  escandalosas conductas divulgadas por todos los medios de comunicación masiva. Los remanentes o restos de los viejos partidos son dirigidos actualmente por improvisados individuos que pretenden utilizarlos como medios para costear su subsistencia, pero que carecen de capacidades intelectuales, las cuales reemplazan por las zancadillas y codazos que se intercambian mutuamente, en sus afanes por  llenar sus desocupadas barrigas. Las roscas siguen mandando. Los aspirantes a gobernaciones y alcaldías, son apenas briznas de hierba en las manos de los caciques regionales. Los militantes de los partidos tradicionales, cuando no logran los avales, se lanzan precipitadamente a renegar de ellos y a inscribirse por otros movimientos y partidos, en desesperada operación avispa. Sólo unos pocos figuran como liberales o conservadores, pues la mayoría se volvió del polo democrático,  de la convergencia ciudadana, cambio radical, partido de la U y otras rebuscadas denominaciones. Los últimos eventos electorales nos dan la razón, cuando los candidatos no han podido salir con los votos de sus propios partidos, sino bajo otros rótulos o como el  producto de angustiosas alianzas de quienes se aferran al carro de la victoria, así sea pegados a la llanta de repuesto.

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