Este año, tendremos cambios políticos en varios países pero quizá lo más importante es que comienzan a esbozarse cambios estratégicos de mayor alcance y significado internacional y global. En Francia habrá elecciones presidenciales en abril y mayo -primera y segunda vueltas- y hay alta probabilidad de un retorno de los socialistas a la Presidencia, en cabeza de François Hollande, quien ya ganó las elecciones internas en el Partido Socialista. En México se elegirá, el 1 de julio, al remplazo del Presidente Calderón, del Partido PAN. En principio el favoritismo lo tiene Enrique Peña Nieto, del PRI. Los otros candidatos son, probablemente, Josefina Vásquez Mota del derechista PAN, y Andrés Manuel López Obrador, del izquierdista PRD. Las elecciones presidenciales venezolanas serán en octubre y las posibilidades de una nueva reelección del Presidente Chávez son altas, por el momento; falta por desarrollarse la consulta interna dentro de las filas de la oposición para escoger su candidato único y de cómo se adelante este proceso -qué tan unitario sea y finalmente quién gane- dependerá de si mejoran las posibilidades de un eventual triunfo electoral, lo cual sería un verdadero terremoto político. En noviembre habrá elecciones presidenciales en Estados Unidos y se pondrá a prueba la posibilidad de reelección del Presidente Obama, un mandatario que generó muchas más expectativas que las que pudo cumplir, hasta el momento; seguramente se enfrentará al candidato republicano Mitt Romney, quien dependiendo que pase con el comportamiento de la economía y algunos escenarios internacionales -especialmente el caso de Irán y en general la situación en Oriente Medio-, podría poner en aprietos dicha reelección. Seguramente gane Obama por simple descarte. En paralelo de los certámenes electorales, en el rediseño de la estrategia de defensa norteamericana parece dibujarse un cambio central de la ‘guerra contra el terrorismo global’ del gobierno Bush, a lo que analistas han considerado el inicio de una estrategia de contención frente a China e Irán -se habla incluso de una nueva guerra fría-, incluyendo cambios en cuanto al tamaño y composición de las fuerzas -fuerzas militares más pequeñas y más modernas-, incremento de la guerra tecnológica -aviones no tripulados, los llamados ‘drones’, con un ‘liderazgo norteamericano desde atrás’ como en Libia, aumento de capacidad de ciberataques y ciberdefensa- y menor propensión a hacer presencia en guerras tipo Irak o Afganistán. Frente a lo anterior, la primera respuesta de la segunda potencia económica global, desde su lógica de ‘poder blando’ fue: “China asume un camino de desarrollo pacífico, una política exterior independiente y pacífica y una política defensiva de defensa nacional” .

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