Convocar esa inmensa problemática bajo un discurso desbordado en lirismo y enfrentar sin apremios una cruda realidad, convierten a Rivera en palabras de Héctor Rojas Erazo en “el gran padre del barroco contemporáneo en América.LA NACION sigue con las crónicas y análisis rumbo a los 400 años de Neiva. Convocar esa inmensa problemática bajo un discurso desbordado en lirismo y enfrentar sin apremios una cruda realidad, convierten a Rivera en palabras de Héctor Rojas Erazo en  “el gran padre del barroco contemporáneo en América.LA NACION sigue con las crónicas y análisis rumbo a los 400 años de Neiva. FÉLIX RAMIRO LOZADA FLÓREZ Especial LA NACION Nadie puede desconocer la extraordinaria importancia política y literaria de José Eustasio Rivera para el Departamento del Huila, el país y el habla hispana. Esto no extraña a quienes sabemos del fervor y de la vitalidad con la que este espíritu colosal enfrentó los asuntos de la vida, impulsado por principios elementales, por  su visión y concepción del mundo. Eso deja en claro su tarea literaria y su compromiso socio-político, especialmente cuando asume el peligro en que se encuentra la Patria por la invasión del vecino en el Caquetá. La primera información sobre la situación del Caquetá y el Putumayo la recibió en Neiva en 1911, de parte de don Custodio Morales, quien le cuenta, entre otros, el incidente armado entre la guarnición colombiana en La Pedrera sobre la margen derecha del río Caquetá, y tropas peruanas en cuatro cañoneras blindadas, comandadas por el general Oscar R. Benavides, quien en tres días desaloja a los colombianos. En círculos íntimos empieza a manifestar su preocupación por el desorden, el descuido y el abandono estatal frente a los atropellos y abusos de la Casa Arana, denunciados inicialmente por el periodista Benjamín Saldaña Roca en los diarios La Felpa y La Sanción de Iquitos,  posteriormente en El Comercio de Lima y finalmente en carta dirigida al Juez del Crimen, donde señala “…Haciendo uso de la segunda parte del art. 25 del Código de Enjuiciamiento en materia penal, y jurando no proceder de malicia, denuncio a los célebres forajidos Víctor Macedo, Miguel Loaiza (luego daré los nombres de todos esos criminales) como autores de los delitos de estafa, robo, incendio, violación, estupro, envenenamiento y homicidio, agravados con los mas crueles tormentos, como el fuego, el agua, el látigo y las mutilaciones; y como encubridores de estos nefandos delitos, a los señores Arana, Vega hermanos, jefes principales…”. Otras denuncias fueron las de Mr. Hardenburg y las de Sir Roger Casement.  El propio Rivera en declaraciones de prensa en 1924, señala: “Yo he condenado y condeno en toda forma las invasiones caucheras del señor Arana y los desmanes de éstas, y he visto que el pueblo del Perú no se solidariza con ellos; por el contrario, lo ha reprochado. Basta recordar el telegrama que el Presidente Billinghurst le dirigió al prefecto de Ipiales, en que le ordenaba que amparara al juez Valcárcel, quien sumarió a Arana y a sus áulicos por los horrendos crímenes del Putumayo”. Cit. Por Eduardo Neale-Silva. Aspecto social político y literario Rivera se muestra  impaciente y  consciente del problema, por lo mismo, empieza a documentarse sobre la situación que  lo llevará a sentar su voz de protesta en La Cámara de Representantes, donde hace fuertes acusaciones al ministro de Relaciones Exteriores, al tiempo cuestiona el proceder del gobierno frente a las delimitaciones con Venezuela. Son denuncias que dejan ver el abandono en que el  Estado tiene a los pobladores de esos territorios y sobre todo a visionar el peligro de la penetración peruana que finalmente se materializa en 1932, cuando el escritor ya  había fallecido.  De esta forma podemos darnos cuenta de una situación enmarcada no sólo en el aspecto literario, sino también en lo social y lo político, por tanto es una voz de protesta y de enjuiciamiento en donde está claro el “yo acuso”  y el llamado profundo a una clase dirigente artrítica y un pueblo que frecuentemente se satisface con  migajas y se contenta en el sufrimiento y la desidia estatal. Convocar esa inmensa problemática bajo un discurso desbordado en lirismo y enfrentar sin apremios una cruda realidad, convierten a Rivera en palabras de Héctor Rojas Erazo en  “el gran padre del barroco contemporáneo en América.  No sólo Gallegos sino Carpentier y Vargas Llosa – en opuestas comarcas estilísticas pero en sectores preciosos de su obra – son sus hijos legítimos. El peruano, por ejemplo, se juega entero, en el despliegue y la energía de sus recursos, al embestir la realidad…” Prueba de esto es El sueño del Celta, la última novela de Vargas Llosa, donde  narra la explotación colonial de África y América –Congo-Perú – aquí  los hechos centrales son la esclavitud, explotación y muerte, es decir el genocidio de los indígenas victimas de la voracidad   de multinacionales insaciables, capaces de corromper  las estructuras sociales, políticas y administrativas para desvanecer y reinventar otras formas de vida  que le  sirvan de soporte  a sus intereses. Eso fue considerado por Sir Roger Casement, de sumo valor. No fue una aventura ni un soliloquio  de la vida y acciones  del ciudadano irlandés condecorado y ajusticiado por los Británicos. No. Allí apareció El diario de estremecedoras y  desbocadas confesiones del sublevado personaje que  dio origen al Libro Azul y sirvió de fuente de consulta a uno y otro escritor. ¡He ahí el talante de Rivera!

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