El comentario de Elías Ningún espíritu sensato puede compartir los desmanes de la Farc: los recientes ataques en Nariño, Cauca, Tolima y Antioquia; los niños asesinados o mutilados, los ciudadanos destrozados, los policías atacados a mansalva. No es compatible luchar por la vida sembrando la muerte, horrenda máscara la de ondear un discurso popular cometiendo actos grotescos contra la ciudadanía. No marcan diferencias con los falsos positivos, ni con las masacres de paramilitares y parapolíticos. Su irracionalidad semeja a la de las bacrim. Todos en el mismo saco: abominable delincuencia contra la humanidad por sueños políticos y económicos. Me resisto a aceptar la política como un sueño de crímenes. Tampoco ningún espíritu sensato puede aceptar la autocracia de un gobierno liberal que prefiere acallar en lugar de dialogar, un partido que invirtió 150 años de plomo contra los conservadores por la misma razón. Nunca se sometieron al silencio hecho a sangre y fuego, nunca se sintieron representados por la facción azul. Igual que hoy, 80% de los colombianos se ve sin Estado; abundan los discriminados y escasean los incluidos. La guerra liberal terminó cuando fueron reconocidos e incluidos, sólo así detuvieron el flujo de asesinatos y masacres, estela de sangre que bañó a Colombia durante el siglo XIX y más de la mitad del XX. El resultado histórico fue positivo, terminó la confrontación y removió el estancamiento cultural, ese colonialismo español tan arraigado en la mente de colombianos. Abrió nuevos destinos a la modernidad. Prueba fehaciente de que las conversaciones reinventan el edifico carcomido por el tiempo, democratizan la sociedad y demuelen los anacronismos. Así crecen los pueblos del mundo. Inimaginable la Colombia de hoy bajo las banderas exclusivas del conservatismo medieval, atraso vergonzoso para enmarcar. Por eso resulta inaceptable la estratégica arrogancia del Gobierno, su testarudez conservadora, su deseo de triturar, acallar a sangre y fuego. Marcar con el hierro de terrorista a un deseo nacional, porque sólo la Farc ha sido un fiasco, no el pueblo. La voluntad de cientos de indígenas, de afrodescendientes, de colombianos pertenecientes a los estratos medios y bajos, continúa. No todos aprueban el pan y circo de los políticos, seguimos esperando una existencia de seres humanos. La necesidad de una patria digna persiste, por eso los pueblos lucharon al lado del liberalismo, para superar la ignominia del conservatismo. Ahora espera que el Estado abra nuevos caminos, evite otros 150 años más de guerra. Como los liberales de ayer, el colombiano de hoy sabe que hay condiciones humanas innegociables. lunpapel@gmail.com

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