Los momentos que más recuerdo de Marielita Castro de Ramírez son sus saludos que empezaban con los brazos abiertos, como mostrando su corazón lleno de cariño, y su sonrisa plena de alegría llevándolo a uno a un enternecedor encuentro no solo físico sino también espiritual. Mujer emprendedora y dinámica, con todos los mejores atributos de la mujer huilense, amorosa de su familia, gran ejecutiva en sus tiempos de servicio al Gobierno, con la sensibilidad humana atenta a quien necesitaba de su corazón bondadoso. Su camino no fue fácil, y así lo manifestaba, pero su valor y su hidalguía prevalecían para afrontar esas tempestades pasajeras.  Orgullosa de sus hijos a quienes les dedicó su vida y su alma; ejemplar esposa de Alfredo Ramírez Gasca. Laboyana pero con el corazón compartido entre Pitalito y La Plata; en este último municipio, crítica de las administraciones municipales que no planificaron adecuadamente el sector urbano suroccidente   y que le impedían llegar tranquilamente a su amado Barbillas, finca en la que se radicaron buena parte de sus sueños y esperanzas con la grata compañía de los suyos. Poseedora de la magia de la narrativa en prosa, a través de la cual se dejaba llevar por los sentimientos que brotaban como caudales en arrojo.  Su pasión: las orquídeas; a las que dedicó tiempo y paciencia para entender su enigmático encanto; las cuidaba como niñas consentidas, liderando regionalmente su exposición y conocimiento. Con la dignidad propia de su estirpe, soportó pacientemente el camino hacia el encuentro con Dios; consciente dio instrucciones precisas de sus deseos en su ausencia eterna. El legado lo reciben sus ocho hijos, profesionales todos, y su demás descendencia, a quienes les cultivó el deseo de superación permanente; su ejemplo de carácter, decisión y esfuerzo son la mejor herencia. Sus amigos nos sentimos compungidos pero a su vez agradecemos a Dios y a la vida habernos dado la oportunidad de conocer una persona de estas calidades como lo fue Mariela Castro de Ramírez.

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