Con el inicio de la jornada académica que muchos estudiantes han iniciado en este nuevo año, asaltan nuevos intereses, motivaciones y preocupaciones en torno al rendimiento académico de los aprendices y en la capacidad de los mismos, para manejar sus emociones y comprender las emociones de los demás, como factor determinante en la comprensión y prevención de conductas violentas observadas en las aulas escolares. Entre los factores que intervienen en la evolución de dichas conductas, se identifican componentes afectivos y modelos sociales ofrecidos por los adultos, antecedentes de maltrato, violencia familiar, deficiente cohesión familiar, distorsión en el desarrollo social y afectivo de los individuos. La escuela constituye uno de los ámbitos más importantes de convivencia para las personas, es el escenario en el que reciben mayor influencia por parte de los adultos que les rodean, por lo cual resulta importante que entre los estudiantes  se establezcan unas adecuadas relaciones interpersonales y una solución pacífica de los conflictos presentados. Las características y formas particulares de resolver los conflictos, los valores aprendidos y modelos ofrecidos al interior de la familia, deben ser fortalecidos para mejorar la integración, relaciones de grupo e identidad al mismo, a fin de evitar que en las aulas escolares se presenten tratos abusivos, maltratos, burlas, insultos, ridiculizaciones o acoso entre compañeros. Lo anterior evita que se generen sentimientos de inseguridad, inestabilidad, afectación negativa de su autoestima, deterioro de la imagen personal, aislamiento, trasgresión a las normas, vandalismo o violencia contra los bienes de la institución educativa entre los estudiantes, logrando una mayor cohesión, mejor rendimiento académico y el logro de un adecuado proyecto de vida. Esto conlleva a establecer normas de convivencia claras, oportunas y contundentes y una disciplina coherente que contribuya a tener claridad sobre lo que está bien y lo que está mal, que ayude a comprender que lo importante no son las sanciones o castigos, sino la reflexión y comprensión de la comunidad educativa en torno a la identificación de los problemas de convivencia y solución asertiva de los mismos. Los adultos deben comprender su responsabilidad frente a la formación, educación, bienestar y salud mental de los niños, entender que deben ayudarles a desarrollarse física y emocionalmente, promover mecanismos y estrategias que eviten cualquier tipo de abuso o situaciones entre los menores de edad, que impidan la sana convivencia en la escuela.

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