Pueda que algunos crean tener la verdad absoluta en sus manos cuando de política se trata. Con espinosa intriga, he escuchado que cuando la ignorancia impera en la mente frente algún tema en particular es más pertinente silenciar los labios, más no la razón. Sin embargo, parece bastante curioso que esta ley no se cumpla en todos los aspectos de la vida; resulta irónico que existan excepciones que la confirma. Por ejemplo,  la euforia que es sublevada por el futbol de pronto nos hace más técnicos que el mismo técnico y más atletas que los mismos deportistas.  Casi que de la nada hacemos propio un triunfo que ha sido alcanzado por personas que bajo el color de un mismo equipo se cobija toda una colectividad, dejando la sensación de que la singularidad del aficionado es anulada por la pluralidad de una pseudo-pasión. En política parece ser que ocurre algo similar. No hace falta ser un politólogo o trasegar por los caminos de la abogacía para evidenciar la realidad que se revela de forma tan verídica. Se nos olvida que dentro de la acción política se generan colectividades humanas que convergen en afinidades afectivas; esto es a lo que  llamamos “partidos políticos”, dentro de los cuales se debe contar con un carácter temperamental, como afirmaba Gaitán, es decir, un elemento humano. Ahora bien, ¿será necesaria la creación de nuevos partidos o más bien re-encausar los ya existentes a un ejercicio de interpretación menos anacrónicos? Los gobiernos precedidos por la carta del 91 se percataron de una herramienta amparada por un marco legal, lo que la hace viable en su ejercicio: los subsidios. Si bien es cierto que menguan en algo los efectos de las condiciones económicas de la mayoría de los colombianos también hay que aclarar que se le está dando una connotación instrumentalista, electorera y clientelista. El principio de subsidiariedad es viable; de hecho es un reflejo por promover la humanización del mismo hombre. Empero, repito, ¿hasta qué punto una política constitucional se convierte en una “cenicienta electoral”? los subsidios no tienen otra procedencia que del recaudo tributario a través de los impuestos. En este sentido, si lo subsidios se llevaran a cabo no es por merito personal del establecimiento, pues refleja que su preocupación es cuantificable, sino que más bien por cumplimiento de un precepto constitucional. Esto sería como ganar indulgencias con camándula ajena. Dicho de otro modo, se estaría utilizando el dinero recaudado públicamente para el cumplimiento de iniciativas como las antes descritas y así confeccionar la fachada electoral que se promulga ante muchedumbres, que antes de identificar sus necesidades políticas, lo que tienen son politiqueros necesitados que padecen una miopía rezagada al genuino compromiso social. ¿Por qué manejar el destino del pueblo como una directriz partidista? El pequeño grupo de personas que manejan el destino del pueblo de la manera como un capataz administra una finca, ha entendido por muchos años que sus susodichos gobernados miden la eficacia de su gobierno por el número de muros levantados, lo cual no es malo, pero si es erróneo creer que la eficacia de un partido no mide la eficiencia de un gobierno.

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