Ocultan su rostro, están enclaustradas en un enorme convento en Garzón donde nadie ingresa. Algunas llevan más de un año sin saber lo que ocurre afuera, tienen prohibido el celular, televisor, periódicos. No pueden contaminarse del mundo exterior, tampoco hablar en exceso entre ellas. Charla con una religiosa clarisa.

Llego a la cita a las 3:30 p.m. el martes pasado. Marianita de Jesús, madre superiora de la comunidad de las Clarisas de Garzón promete atenderme, pero finalmente no lo hace. Cubre su rostro con un velo, vive en el claustro, evita salir con frecuencia y enfrentarse a la realidad externa. Su misión es orar. No atender público. Al menos en lo posible.


Si lo hace hablará detrás de una urna en madera, o de una cortina roja y gruesa. No me verá a la cara. No conocerá a su interlocutor. Por esto, envía una emisaria: María Caridad del Padre Celestial, madre externa. El nombre es largo y obvio, no es el original con el que la registraron y la bautizaron. Lo adoptó en la congregación. Su verdadera identidad, dice, la olvidó en medio de un ataque de risa. Tiene 47 años, 17 enclaustrada, aunque sale esporádicamente a pedir alimentos para que subsistan las más de sesenta monjas que viven encerradas, sin conocer el mundo, en un convento en Garzón donde un hombre casi nunca pone un pie. Menos se conoce del mundo exterior, un universo aparte donde las noticias, la televisión, el celular y la radio están prohibidos.

¿Cómo vive una clarisa?
María Caridad del Padre Celestial se descubre y nos cuenta.

¿Usted puede salir a la calle?
Sí, soy hermana externa, salgo a la calle a pedir el mercado para las hermanas que están adentro. En el momento somos 60 contando con las aspirantes que están en discernimiento, somos 43 religiosas (el máximo grado dentro del claustro).

¿Por qué uno no puede conocer internamente la congregación? ¿Por qué todo es tan oculto, un misterio, tan extraño con ustedes?
Esa es la diferencia entre nuestra comunidad con las otras de vida activa, ese es el misterio de nuestra comunidad religiosa. Nosotras renunciamos al mundo, de la puerta para adentro tenemos nuestra propia vida. No es que nadie pueda ingresar, hay excepciones: el veterinario ingresa con permiso del Obispo de Garzón (para atender animales de crianza que hay en el claustro). Adentro, está nuestra casa: es grande, hermosa, todo es muy ordenado. Nosotras nos dividimos: aspirantes (a ellas no les obliga nuestro reglamento), viven aparte, tienen una hermana que las forma; postulantes, novicias, las profesas de voto solemne y las religiosas que nos diferenciamos con las demás por nuestro esposo: el anillo de Cristo. Somos casadas con el mejor esposo del mundo, él nos chocholea y nos da todo.

¿Es decir, viven juntas, pero no revueltas?
Exactamente, nosotras compartimos solo comedor y en el coro. Ahí estamos todas. Lo mismo que en los oficios porque nosotras hacemos los trabajos de la casa, nos ayudamos porque vivimos de lo que la gente nos colabora. Nosotras salimos a pedir el mercado para la comunidad, a pagar servicios, medicamentos de las hermanas.


Adentro del claustro, ¿se pueden hablar entre profesas, postulantes y religiosas?

Con algunas excepciones. Cada grupo tiene sus maestras, su grupo, solamente que haya un recreo comunitario estamos todas, de lo contrario no. A toda hora no pueden hablar por las diferencias de grupos y labores, solo por necesidad. Si una novicia, postulante o religiosa hace un oficio habla estrictamente lo necesario, no de ponerse a comadrear o a contarse cosas.

¿Qué hacen para no aburrirse en el encierro?
No hay tiempo para aburrirse, a uno le falta tiempo para lo que tiene que hacer, somos una comunidad numerosa, los oficios se dan cada quince días y faltan hermanas para cumplir la misión de la casa porque es grande. Uno vive muy feliz, es diferente a estar en el mundo donde hay vacíos, decepciones, crisis, problemas. No hay comparación entre las pequeñas cosas que uno pasa dentro de la casa a todo lo que hay afuera. Hay hermanas, como nuestra madre superiora, que tiene 44 años, pero parece de 25. Usted la mira y no le ve la edad que tiene. Tengo niñas de 18 años que las he llevado a sacarse la cédula, ahí tienen contacto con el mundo exterior, pero cuando regresan dicen: “bendito mi Dios estoy nuevamente en mi casa”, se desesperan, se aburren, se estresan, les duele la cabeza cuando salen porque están acostumbradas al silencio, la tranquilidad del claustro.


¿Qué hay adentro?
La capilla donde nosotras oramos, tenemos gimnasio, una piscina, un campo de recreo, donde un espacio nuestra madre superiora nos hizo un polideportivo, una cancha de baloncesto, hay la libertad de jugar… Hay cementerio (nueve hermanas muertas) porque acá mismo nos entierran. Qué tal toda la vida enclaustrada y cuando uno muera se lo lleven, no. Hay huerta, labranza donde sembramos yuca, caña, cacao, plátano. Aunque nosotras nos consagramos para orar y no para estar esclavizadas a criar animales, tenemos algunos. Hacemos ostias, bordados, tejemos, hacemos manteles, barquillos. Hay una cochera porque cuando pedimos el mercado hay gente que nos da lo que se está dañando, pero lo recibimos con amor porque tenemos conejos, marranos y siete perros que en el día están encerrados y por las noches los sacamos para que cuiden. No sé de razas, pero son muy grandes, bravos… los ladrones nos han envenenado perros para entrarse y robarnos.

¿A qué horas duermen?
Uno se levanta a las 5:00 a.m., a las 5:15 sale para el coro a rezar el ofrecimiento de obra, el santo viacrucis, se reza el Laudes, si queda un espacio se hace oración personal. A las 6:30 a.m. vamos a misa, terminamos una hora después, se hace el espacio de acción de gracias. Luego se reza la corona franciscana que tiene las siete alegrías de la Santísima Virgen. Luego se asea la casa y posteriormente el desayuno. Se arregla la celda, se va al trabajo (huertas), y a las 9.30 a.m. es el rezo de tercia que dura quince minutos. Se hace un rezo seminario por la Diócesis y se vuelve al trabajo hasta un cuarto para las doce cuando se toca la campana, vamos al coro, oramos al Santísimo y hacemos el rezo de sexta. A la 1:00 p.m. almorzamos (media hora máximo), luego media hora de recreo, descanso. Volvemos al trabajo, a las 3:00 p.m. rezamos Nona, se hace oración por los agonizantes y faltando un cuarto para las 5:00 se organiza la celda, nos cambiamos, nos reunimos en una ruta para rezar la Tota Pulcra (oración a la Virgen) y la cena es a las 5:30 p.m. A las 8:00 p.m. todas estamos durmiendo. Me levanto a las 12:00 p.m. hasta las 1:00 a adorar al Santísimo. Ahí vuelvo a dormir. Cada una tenemos una hora para rezar maitines.


Entonces, ¿cuánto tiempo pasan orando?

Son ocho horas del día orando, ocho para trabajar y otras ocho para dormir.

¿Se permiten celulares adentro?
Nada, solo uno comunitario que lo maneja la madre superiora, ahí se reciben llamadas de gente a pedir oración o a mandar a hacer manteles, albas, ornamentos. No leemos periódicos, ni escuchamos radio, noticias. Nada. Estamos consagradas orando por el mundo entero. Nuestra única preocupación es orar. No es estar enteradas de cosas.

¿Su familia puede llamarla?
Sí, aunque no siempre. En tiempo de Cuaresma y Adviento, no. No hay visita ni comunicación con las familias. Uno quiere mucho a la familia, pero no puede pegarse, uno se puede perjudicar. Si viene la familia a visitar a una hermana y le cuenta preocupaciones, ella queda triste, intranquila, desconcentrada. Y si no tiene su fe definida, puede desertar.

¿Usted como madre externa puede llevar al claustro noticias de afuera?
Sí puedo traer, pero no dar las noticias directamente a las hermanas. Así me encuentre con las madres de compañeras en la calle y les envíen razones. Tengo que comunicar primero a la madre superiora y si ella quiere informar sí, de lo contrario, no. No están permitidas noticias ni de adentro para afuera, ni de afuera para adentro.

¿Por qué se cubren tanto el cuerpo?
Porque ese fue le hábito que quiso nuestra hermana Santa Clara. Usted a mí me mira con el rostro descubierto. Pero si un obrero o un hombre ingresan a nuestro hogar, una hermanita de clausura se tapa su rostro con su velo, camina con su frente cubierta. Es una regla no mirar a los ojos. Quien ingrese siempre está acompañado de una hermana que va tocando una campana a medida que va caminando por el claustro. El sonido indica que en la casa hay una persona extraña. Las novicias o postulantes, si tienen la oportunidad, se esconden. Las profesas y religiosas se bajan y cubren el rostro con su velo. Siempre nos inculcan que las hermanas de clausura deben vivir como la flor de la violeta: escondidas para el mundo y vivir solamente para Dios.

¿Cuál es la hermana más antigua?
Hay una hermana, es de las fundadoras, tiene 85 años y no le gusta salir, incluso ni ir al médico. Salió hace quince días, pero desde el 2013 no miraba el exterior. Es hipertensa y por eso la llevé al médico a control.

¿Los sacerdotes pueden ingresar con facilidad, mirarlas a los ojos?
Si tienen permiso del Obispo para celebrar eucaristía o por algún motivo especial. Ellos también tienen restricciones.

¿Adentro de la casa hay peleas, diferencias, cómo es la convivencia?
Peleas, no, eso es lo que más me ha parecido hermoso de mis hermanas. Si a mí no me gustó algo de una hermana no puedo descargarme con ella, así esté que me explote. Es parte del reglamento de la comunidad. Debo ir, buscar a mi madre superiora y decirle ‘madre mía hágame la caridad y me perdona, pasó esto y no me gustó esto…’. Ella analiza dónde hay culpabilidad. Ella conoce cada una de nuestras almas y sabrá cómo corregirnos.

¿Las castigan?
Nosotras tenemos claro que no vivimos entre ángeles o santos, que somos seres humanos y puede haber diferencias. Pero no diría que castigo, somos hermanas y vivimos en una comunidad. Como en un hogar o casa debe haber una cabeza, en este caso, es mi madre superiora, a quien debo reportarle. Por ejemplo, si cometí una falta tengo obligación de contarle a mi superiora, de decirle ‘madre mía me hace la caridad y me perdona porque dañé esto, dije esto…’ una penitencia que nos podría colocar es ‘sea más cuidadosa y rece un Rosario a la Santísima Virgen para que le ayude a reparar el daño que ha hecho’.

¿Su familia cada cuanto viene a verla?
Me los encuentro muy frecuente, pero que vengan a visitarme no. Mis hermanas vienen porque una sobrina se prepara para ser religiosa de nuestra congregación.

 

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