La cultura popular latinoamericana ha tenido el enorme mérito de que, si bien estamos altamente influenciados por figuras, mitos y creaciones ficticias del gigante Estados Unidos y algo de Europa y Oriente Lejano, ha sabido desarrollar sus propias creaciones masivas gracias al ingenio, la creatividad y genialidad de personajes fuera de serie que nos representan en todas facetas humanas. Y con el añadido de valor de que son producto de la entraña más profunda de nuestras raíces, tienen los elementos comunes a todos los países y su lenguaje, maneras y personalidades son tan propios y acercan a la gente tanto del norte de México como de la Patagonia.

Roberto Gómez Bolaños, el genial creador de Chespirito con todos sus programas, fue de aquellos seres únicos, irrepetibles y con tanto acierto en dejar una huella indeleble en la historia contemporánea de nuestras naciones unidas por el castellano. Y lo hizo con un estilo inimitable, original y apegado a las costumbres y contextos extraídos de su país natal México, alrededor de espacios tan reducidos como una pequeña vecindad de cuatro inquilinos pero tan universales –en el sentido de la Aldea Global de Marshall Mcluhan- que podían traducirse a otros idiomas y ser entendidos sin perder su carácter local.

Gómez Bolaños es de la estatura de su compatriota Cantinflas, Mario Moreno, o de Quino con su Mafalda; su influencia sobre varias generaciones perdurará por otras tantas, cada uno de sus personajes es considerado de la casa por millones de latinoamericanos; sus frases emblemáticas son recitadas sin dubitación segundo a segundo; fue capaz de crear delincuentes que por su torpeza e ingenuidad, a la vez que ingenio verbal, eran más queridos que sus víctimas de fechorías como el Chómpiras y la Chimoltrufia, o darle el carácter cómico pero sin burla a los locos como los “Chifladitos”, o armar una inacabada pasión de la más pura especie romántica entre un profesor y la madre de uno de sus alumnos, a tal punto que jamás hubo un beso entre los dos pero los televidentes sentían cada encuentro como si fuese la mejor novela de amor.

Don Roberto Gómez Bolaños es llorado hoy por quienes crecieron en la televisión a blanco y negro, e hicieron la transición al color, creyendo que El Chavo del Ocho, la Chilindrina y Kiko eran parte de su vida diaria; que se identificaban a plenitud con las penurias económicas de Don Ramón y que despreciaban al señor Barriga por su inmisericorde cobro de la renta; que se hubiesen dejado recetar sin remilgos del doctor Chapatín y que consideraban a Chespirito como el Superman de los más desamparados. El impacto de la serie televisiva superó al creador y lo convirtió en personaje real de sus propias historias; Roberto Gómez Bolaños no era nadie para estos países expoliados centurias atrás por Europa, pero al grito de ¡Chespirito! todos entendíamos el universo que encarnaba ese pequeño súper héroe armado apenas de un chipote chillón y con el dudoso poder de la chiquitolina. ¡Chanfle! Se nos fue.

“Gómez Bolaños es de la estatura de su compatriota Cantinflas, Mario Moreno, o de Quino con su Mafalda; su influencia sobre varias generaciones perdurará por otras tantas”

Editorialito

El país permanece a la expectativa de la liberación, en próximas horas, del general Rubén Darío Alzate, la abogada Gloria Urrego y el cabo Rodríguez.
 

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