Es lugar común afirmar que nuestra patria posee una de las mayores riquezas del planeta en términos de recursos naturales: aguas, biodiversidad, minerales, hidrocarburos, etc. Sin embargo, Colombia sigue siendo un país pobre. ¿Dónde está el origen del problema? Tenemos una mentalidad pobre. Todos los gobiernos desde 1819 no han hecho otra cosa que establecer programas para combatir la pobreza, programas que apuntan a dar pescado y no a enseñar a pescar. Hemos producido una cultura de la dependencia, una cultura asistencialista. Es una política de sujeción, no una política de promoción de la persona humana, en donde el hombre sea gestor y sujeto de su propio desarrollo.

Veamos algunas de las características de una política asistencialista: el caudillismo de sus gobernantes. Aquí el gobernante es considerado como un dios, como un rey Midas, que ofrece el oro y el moro, al que hay que rendirle culto y lo grave es que, él se lo cree y luego lo exige. Aquí aparece el culto a la personalidad. Los caudillos se creen imprescindibles y se rodean de unos bufones que le celebran todo. El populismo: desgreñan el erario por mantener a unos zánganos que son en todas partes, el comité de aplausos. Generan una cultura estomacal, en donde se compra al elector con prebendas, dádivas, colores, etc. Aquí “el pan y circo” juega muy bien en el imaginario colectivo. Traduzcámoslo a un español criollo: “no importa que la plata se gaste, lo que importa es que el indio se divierta”. Los gobiernos populistas perduran, pues como el valor del voto es igual y son más los pobres, además hay que mantenerlos pobres, se tiene asegurado el electorado. Aparece una dictadura de partido en donde los ganadores se perpetúan en el poder y se ven como salvadores de la sociedad. El país sigue atrasado pero el estómago está “lleno”: malas vías, malos servicios públicos, pésimos hospitales, escuelas sin equipos y baja calidad educativa, etc. ¡Ah! Pero gobierna el pueblo. ¡Qué sofisma! A propósito, ¿Qué es un sofisma? -Ya lo comentaba en otro artículo-, es una verdad a medias. El sofista presenta las dos premisas mayores como verdaderas; ahí viene el anzuelo, la conclusión es falsa. Por eso los sofistas tienen en un comienzo tanto “éxito”. Son como los encantadores de la temible cobra de la India. En todo caso, el país seguirá pobre. Una dependencia: dependencia del “líder”, que se ve como la única tabla de salvación. Se pierde el sentido crítico. El pueblo se vuelve borrego, pierde la capacidad de pensar. El mañana lo tiene asegurado pues la garantía es el gobernante, quien manipula la necesidad del otro para mantenerlo domesticado. Más pobreza: ese tipo de “líderes” mantienen la pobreza para poder sostener la dependencia de sus gobernados. Pareciera que mantener la pobreza asegura una relación de necesidad entre el elector y el elegido.  Los políticos, en este esquema, son los “redentores” frente al cubrimiento de las necesidades básicas. El discurso sobre la pobreza es el más común y recurrente en todas las campañas políticas. Así nunca salimos de pobres. Aparecen mesianismos que producen el efecto de esperar un mañana mejor. Se alimenta la esperanza a base de mentiras y engaños. Aquí no hay conciencia moral, aquí hay cinismo descarado. Pero, ¿quién le pone el cascabel al gato?

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