Hace poco terminó la primera parte de la Movilización por la Defensa del río Magdalena denominada “El río de la vida” y la II Expedición al Macizo Colombiano, zona en donde nace dicho río. Estas iniciativas de la sociedad civil buscan concientizar sobre la importancia del río para la vida de los colombianos.

Como varios activistas lo han manifestado, la cuenca del río Magdalena se encuentra amenazada por las políticas minero energéticas y extractivistas del Gobierno, en particular, por el Plan Maestro de Aprovechamiento del río que busca construir varias hidroeléctricas y promover la navegabilidad a lo largo de su cauce.

Dichas políticas se defienden en nombre del desarrollo: exportar energía a naciones vecinas y disminuir el costo de transporte de los recursos naturales que se extraen del territorio colombiano, atrayendo inversión extranjera, generando divisas y crecimiento para el país. El objetivo es en realidad garantizar la navegabilidad del capitalismo financiero, aquel barco ebrio desconectado de las realidades sociales del que hablaba Alan Greenspan, ex director del banco central de los Estados Unidos.

Por eso resulta crucial defender al Magdalena, la principal fuente hídrica de nuestro territorio. Según Edgar Morin, es necesario también superar esa concepción miope de desarrollo cuyo objetivo de crecimiento a toda costa tiende a sacrificar lo que no obedece la lógica de la competitividad. Para este visionario francés no basta con atenuar la noción de desarrollo añadiéndole el adjetivo de “sostenible”, lo cual sólo suaviza y dulcifica su apariencia, mientras su “núcleo duro” persiste.

En ese mismo sentido, William Ospina afirma “que es posible una civilización, un progreso y un bienestar en armonía con la naturaleza, defendiendo el equilibrio y no una teoría del desarrollo contraria a la vida, y una teoría del crecimiento ilimitado en un mundo de recursos limitados”. Ospina sostiene que “no queremos que se llame progreso a la devastación, a la muerte, sólo porque es rentable para unos cuantos” y hace un llamado vehemente a que no obtengamos la energía matando la vida, destrozando la naturaleza y envenenando los manantiales, sino de fuentes inagotables como el viento y el sol.

El escritor comenta que no sabe con qué fin habrán hecho los antiguos habitantes de San Agustín esas poderosas esculturas de piedra que asombran al mundo, pero sólo puede verlas como los guardianes del nacimiento del río. No le parece una casualidad que el arte escultórico más antiguo de nuestra tierra se haya dado precisamente allí donde nace el gran río. Yo le agregaría que tampoco es casualidad que se llame Magdalena que significa “magnífica habitante de la torre grande” pues somos los habitantes de esa fortaleza natural que protege nuestras vidas y por eso debemos defenderla con magnanimidad.
 
@MateoTrujilloS/www.mateotrujillos.blogspot.com

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