Según Eric Roll[1] cinco factores propiciaron a fines del siglo XVIII el transcurso de la primera fase de desarrollo del capitalismo –el comercial o mercantilista- a la segunda –el industrial-, a saber:
 
1.  En el campo de la producción, la Revolución Industrial.
2.  La independencia de los EU que acabó con la explotación de una de las regiones coloniales más significativas y privó de uno de sus cimientos más poderosos al sistema colonial, sobre el que se levantó gran parte del pensamiento mercantilista.
3.  La publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith.
4. La Revolución Francesa (1789) que barrerá con los últimos rastros de la sociedad medieval.
5. La unión de la ciencia y el capital industrial a partir de 1775, uno de cuyos comienzos fue la sociedad de Matthew Boulton (rico fabricante, emprendedor y bien reputado) y James Watt (creador de las máquinas de vapor).
 
El capitalismo industrial surgió en Inglaterra, la nación capitalista más avanzada, antes de la Revolución Industrial .Allí el declive de la política mercantilista poco antes de terminar el siglo XVIII llevó a cambiar la estructura política en consonancia con el espíritu del liberalismo, proceso muy anterior a cuando la Revolución Francesa estimuló en todas partes a las corrientes que lo apoyaban.
 
Presentemos a continuación las teorías económicas y concepciones del Estado más importantes del capitalismo industrial.
 
1.  La escuela clásica

Va del siglo XVIII hasta comienzos de la década del setenta del  XIX.  Las figuras fundamentales son los ingleses  Adam Smith, David Ricardo y Thomas Robert Malthus, al fundar la economía como  ciencia autónoma con su propio objeto formal y sus métodos específicos. 
 
Smith es el paradigma del pensamiento clásico. Él y Ricardo, los economistas clásicos del capitalismo, pusieron orden en el estado aún caótico de la investigación económica, tarea en que se destaca el estudio del motor económico de la sociedad moderna y se descubren los principios subyacentes al funcionamiento del sistema capitalista, así como la transformación histórica que lo produjo.
 
Según Schüller y Krüsselberg[2] la escuela clásica no ofrece un edificio doctrinal uniforme y unitario.  Los aspectos comunes se reducirían a tres: 
 
1.  La concepción individualista de la economía liberal: el individuo decide libremente con autodeterminación y responsabilidad económica.
 
2.  La dirección de la actividad económica por individuos que persiguen su propio interés mediante  la competencia, soporte del funcionamiento del sistema pues mantiene en equilibrio el sistema total.

3.  El Estado dispuesto como poder para ordenar y proteger un sistema constituido institucionalmente por el mercado, y funcionalmente por el interés individual y la competencia.
 
Para Galbraith y Salinger[3] los grandes tópicos, aún en circulación, de la escuela clásica o liberal son:
 
1.  El motor de la actividad económica es la satisfacción del interés personal que conduce a cada individuo a servir al interés de la comunidad como si estuviese guiado, según Smith, por una “mano invisible”.

2. El mecanismo regulador del sistema es la concurrencia o libre competencia que se  hacen entre sí numerosas empresas en cada rama de actividad.  Cada empresa se somete a los precios resultantes del juego natural de la oferta y la demanda en el mercado libre y concurrencial.

3. El poder regulador de la concurrencia excluye cualquier intervención del Estado. La única intervención justificable debe ceñirse a garantizar el respeto de la ley y el orden, y la defensa nacional: cuanto menos gobierne el gobierno, tanto mejor.

4.  Como el mercado y la concurrencia son los garantes del mejor sistema posible, hay que protegerlos a toda costa.  A mayor  zona de intercambio, más viva  la concurrencia y más potente el mercado. Y más necesario será especializar las tareas: la división del trabajo, sinónimo de eficacia superior.
 
En síntesis el sistema clásico descansa en las tesis del libre cambio o Laissez faire laissez  passer del siglo XVIII propuesto por los fisiócratas,  que interesaron a la creciente clase capitalista de la Revolución Industrial.  Estos patronos y comerciantes deseaban eliminar la regulación y  tributos establecidos por los gobiernos para buscar su propio interés. 
 
Vencedoras en el primer tercio del siglo XIX, las políticas del Laissez faire provocaron abusos, en especial por la utilización de mano de obra infantil.  Paulatinamente se asociarían más empresas para controlar la producción y los precios en beneficio de los poseedores.  Así, la competencia –pilar del Laissez faire– desapareció.
 
Esta proclividad al monopolio hizo que se  reclamara una reforma. Al  finalizar el siglo XIX en todo el mundo occidental se empezó a restablecer la intervención del Estado, o sea, los controles estatales. Pero ni esto ni la expansión del socialismo en el XX lograron suprimir las tesis individualistas del Laissez faire.
 
La propensión al monopolio resurgió en los decenios de 1980 y 1990 con el monetarismo (neoliberalismo). Se reanudaron así las privatizaciones de industrias estatales y se disminuyó el papel del sector público. (Continuará).

 

[1] Roll, Eric.  Historia de las Doctrinas Económicas.  Bogotá, F.C.E., 1996, p.140.
[2]Schüller, Alfred y Hans–Günter Krüsselberg. Conceptos Básicos sobre el Orden Económico.  Barcelona, Ediciones Folio, 1997, p 82. 
3Galbraith, John Kenneth y Nicole Salinger.  Introducción a la Economía.  Barcelona, Ediciones Folio, S.A., 1997, p. 55. 

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