El eufemismo nació como una fórmula para no ofender  a los demás, pero ya no es un acto de sutileza, sino una forma de enmascarar realidades que tienen nombre en español.  El eufemismo es la forma de guardar las apariencias, de dorar la píldora, de disimular. Lo que antes se denominaba pornografía, hoy le dicen “material explicito para entretenimiento de adúlteros”. Tampoco existe ya el adulterio: ahora lo llaman “relaciones impropias”, que algunos no pueden practicar aunque quisieran, porque sufren de aquello que los laboratorios farmacéuticos definen como “disfunción eréctil”, y que antes se conocía como impotencia. Sin embargo como suele suceder con todas las apariencias; con los eufemismos sucede lo mismo que con algunos calvos, que se ponen peluca, pero más se le nota la calva. Muchos abusan del eufemismo porque se creen cultos. Hay otros más inocentes que lo utilizan por decoro. Pero los peores son aquellos que cínicos que se escudan en el eufemismo para encubrir la gravedad de las cosas.
El año 2017 pinta como el año de la lucha contra la corrupción en el país. La corrupción actualmente es una práctica tan arraigada que cuenta con su propios eufemismos y mañas. Resulta que eufemismo es decirle “malversación de recursos públicos” al peculado, y “defraudador del erario” al avispado de turno. Lo que antes se denominaba coima, hoy es “comisión”. Al tráfico de influencias lo llaman ahora “viabilizar”. La repartija de la burocracia para viabilizar los planes de un gobierno, ahora se conoce como “mermelada”, que remplaza a las arcaicas lentejas. Ya no se habla de mordida sino de “engrase”. Tampoco de la ficha o la flecha, sino del “intermediario”. Ya no se hace el torcido, se hace la “vuelta”. Y los sobornos de baja monta ahora son “mordidas”. La vida laboral se llenó también de esas maromas verbales: el vendedor es ahora “asesor comercial”, los trabajadores son “capital humano” y el despido masivo pasó a llamarse “ajustes en la nómina”. La administradora de un edificio, envió una circular a los residentes para informarles sobre el retiro voluntario del “distribuidor interno de recursos humanos”. Hubo confusión entre los residentes, hasta que el viejo portero, al que ahora le dicen “conserje”, les explicó lo ocurrido: renunció el ascensorista. El eufemismo nació como un recurso de delicadeza, pero ya no es un acto de sutileza sino una máscara. El lenguaje cambia porque cambian los valores. Aparecen nuevas palabras porque hay una nueva ética, relajada y tolerante, que necesita disimulo, tapabocas y disfraces. Definitivamente hay que desescalar el lenguaje.
 

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