-El dedo en la llaga-
 

Queda uno aterrado de leer las noticias de esta semana en donde se ven involucrados menores de edad.  Un soldado en el Meta violó a una bebe de cuatro meses. En Armero, Sara murió luego de un proceso de tortura, abuso sexual y desnutrición. Dos niños indígenas murieron ahogados a manos de sus padres en el Cauca y en Medellín un despiadado mató a los dos hijos de su pareja. Esas noticias no venden mucho, a menos que sea un arquitecto de la sociedad bogotana. Lo que demuestran estos hechos es que somos un país enfermo, que habla muy mal de nosotros la forma en que tratamos a nuestros niños. La cadena empieza desde el aborto. Alrededor de 400.000 interrupciones de embarazo clandestinas, en donde cada año mueren 70 mujeres por procedimientos mal realizados y con un costo de catorce millones de dólares por corregir legrados mal hechos. Y cuando la mujer no aborta, se estima que al año en Colombia hay más de 900.000 embarazados no deseados. Ni que decir del embarazo adolescente, entre el 2008 y el 2013 cada año nacen en promedio 159.656 hijos de madres entre los 10 y los 19 años, es decir, una de cada cinco adolescentes.
Y cuando nacen son niños abandonados, dejados a la crianza de los abuelos, empleados, familiares o en el caso de Sarita, de la madrina. Y el Estado o no hace mucho o hace poco en atender como se debe la primera infancia, esa edad entre los 0 y los 6 años de edad. Hace ocho días en esta columna denunciábamos la actitud del conductor de un colectivo de Coomotor y de unos padres o abuelos irresponsables que le daban de beber cerveza a un niño de un año y medio como máximo.

Inicié hablando de la cadena, toda vez que, aunque no lo comparta, en términos de políticas públicas nos sale mucho mejor, abortos legales y con todas las condiciones sanitarias y médicas para la interrupción del embarazo. Que cada madre decida si continua o no con su gestación. Luego evitar con redes de apoyo e intervención, los embarazos en adolescentes, para terminar recibiendo a niños queridos, planeados y deseados en donde habrá una atención integral en salud, educación y nutrición en la primera infancia.

En lugar de invertir en carreteras o cemento (que es importante), debemos concentrarnos en nuestros niños, con trato diferenciado en cuanto a género, región y etnias. Si así lo hacemos, estoy más que seguro que este será un mejor país, más justo, menos violento y mucho más desarrollado con un capital humano que mejorará las condiciones de vida de todos.
 

Comentarios