Marcos Silva Martínez

“La concupiscencia del poder, primero; la codicia luego, engendraron la crueldad y abonaron el odio. Una y otro, abortaron ese feto: el terror.”

Fue lectura hecha, de las condiciones que padecía Colombia, en la primera mitad del siglo pasado (J. S. B. Las Escalinatas)

Ese panorama sombrío, se ha agudizado y pervertido más. Ha infestado hasta niveles de metástasis,  las altas esferas del poder (Ejecutivo, Altas Cortes, Órganos de Investigación y Control, en todos los niveles, et.).

Las develaciones que en debate en el Senado, hizo la senadora del Partido Verde, con pruebas e imágenes fehacientes, de supuestos grandes dirigentes, rodeados de bandidos de quienes reciben apoyos económica de campaña, son aspirantes a continuar gobernando, a pesar de sus prontuarios delictivos, engavetados unos o pendientes de que la impunidad de la institucionalidad sed los borre. Son    pruebas de la concupiscencia y la codicia de quienes pretenden continuar gobernando a Colombia.

Es precisamente lo que padece Colombia. Es  lo que podemos corroborar cuando conocemos, el talante, la posición, la visión y concepción del poder, de determinados dirigentes políticos, cuando plantean sus supuestos objetivos y principios, en sus campañas para mantener el poder.

A la mayoría de la dirigencia política colombiana no le interesa la suerte de los electores que viven bajo la tiranía y dictadura de la pobreza y el atraso.

Se demuestra con el hecho de que Colombia ha padecido gobiernos irresponsables, desde hace más de 200 años, sin lograr condiciones de vida digna para la mayoría de sus habitantes. La pobreza real, supera el 50%, la informalidad (rebusque) el 60%, no obstante las engañosas cifras de los gobiernos.

Lo podemos constatar en las calles y veredas de la geografía nacional. Se constata con el desastre del criminal negocio de la salud, del sistema de pensiones,  de la educación, del acceso a la tierra, de la crisis agropecuaria, etc.

Esa crítica situación socioeconómica, que tienen que padecer las mayorías, son caldo de cultivo de la criminalidad, de la inseguridad ciudadana y de las precarias condiciones de vida que tienen que padecer las mayorías.

Pero son todas condiciones superables, si la nación tuviera  gobiernos responsables y honestos. Hay  diversos ejemplos:

Corea (sur), quedó destruida por la guerra, en 1953, con condiciones socioeconómicas, muy inferiores a las de Colombia de ese tiempo. Colombia obtuvo la independencia en 1810. Corea hoy es una nación desarrollada de alto ingreso per-cápita.

Singapur, obtuvo su independencia en 1965 y quedó en peores que Colombia de ese año.  Hoy, Singapur  es una nación de altos ingresos, desarrollada, no tiene pobres, tiene la más baja criminalidad del planeta y la mejor educación. Abundan los ejemplos.

¿Por qué Colombia no puede?

Porque no ha tenido gobernantes responsables y honestos, que respondan por los altos intereses de sus ciudadanos.

En Colombia, la codicia del poder económico, hizo de la corrupción el eje del poder político y por eso, hay candidatos que pontifican   que el fin justifica los medios y con descaro quieren imponer  el estado de opinión.

Las instituciones fuertes y el orden jurídico congruente con  los derechos legítimos  de las mayorías no les convienen.

Por el rechazan  la JEP. Rechazan  la reforma judicial y reforma política y todo lo que signifique equidad socioeconómica  y transparencia en el ejercicio del poder.

El elector debe ser consciente de la amenaza que se proyecta sobre Colombia, si sigue votando equivocadamente. Para el Diario La Nación 21-10-2017

 

 

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