Analistas afirman que los resultados de las elecciones al Congreso influyen en los comicios presidenciales.

El 11 de marzo hay, a la vez, una línea de partida y una de llegada. Termina la competencia por el Congreso, protagonizada sobre todo por los partidos, y comienza en firme la carrera hacia la Presidencia, en la que pesa más el voto de opinión. Las dos elecciones son fenómenos distintos, pero están ligadas entre sí. Algunos consideran que las verdaderas opciones de los aspirantes a la Casa de Nariño solo se sabrán una vez se conozca la composición del nuevo Congreso. Germán Vargas Lleras dice que ese día habrá un nuevo mapa político. Eso significa que las fuerzas ganadoras tendrán capacidad de influenciar la elección presidencial. Los aspirantes respaldados por los partidos que podrían salir victoriosos en marzo aspiran a que la nueva realidad política los impulse. En primer lugar Vargas Lleras, por las expectativas de un aumento significativo de la bancada de Cambio Radical en las dos Cámaras; y en segundo lugar el candidato de la coalición de derecha –Marta Lucía Ramírez o Iván Duque–, por el previsible crecimiento de la bancada uribista. En la otra orilla, Sergio Fajardo y Gustavo Petro, independientes que han liderado las encuestas de intención de voto en los últimos seis meses, se podrían ver golpeados por su incapacidad de elegir bancadas significativas. Desde el punto de vista de la competencia por la Presidencia, la elección de marzo puede definir quiénes son viables y quiénes no. ¿Qué tanto afectará el resultado de las elecciones de Congreso a los candidatos que se disputarán la Presidencia después? ¿Los electores de los congresistas votarán para la Presidencia por el mismo partido? ¿Se movilizarán los nuevos parlamentarios, de manera significativa, por sus candidatos a la primera magistratura? Desde el punto de vista de percepción, una victoria contundente de los partidos que respaldan a un aspirante a la Presidencia tiene un efecto positivo. Fomenta la imagen de que las organizaciones partidistas son definitivas a la hora de sacar a la gente a votar y permite el discurso de que una cosa es ganar encuestas y otra, muy distinta, ganar elecciones. Es el previsible discurso de Vargas Lleras y del candidato uribista. También, en menor medida, del liberal Humberto de la Calle: aunque su partido puede perder posiciones en el Congreso, alcanzará un porcentaje de la votación muy superior al que las encuestas le vaticinan hoy al candidato presidencial. También serán importantes las movidas que haga la clase política después del 11 de marzo. Hay dos partidos con capacidad electoral que no tienen aspirante propio –La U y los conservadores– y es previsible que, en grupo o en forma individual, se desplacen hacia los presidenciables que piquen en punta. Vargas Lleras, de nuevo, ha enviado señales a estos partidos e incluso a miembros de las listas liberales para que lo acompañen en la primera vuelta. En la derecha, un triunfo de Marta Lucía Ramírez podría atraer un deslizamiento de sectores del Partido Conservador, del cual fue candidata presidencial hace cuatro años. Otra consecuencia política del previsible éxito electoral de los grandes partidos es que surgirá el argumento de la gobernabilidad. Si los que apoyan a Fajardo –el Polo Democrático y los verdes– quedan en posición minoritaria, ¿cómo haría para sacar adelante sus proyectos? Igual se dirá de Gustavo Petro. Algunos analistas consideran que el desinfle de la candidatura de Antanas Mockus frente a Juan Manuel Santos en 2010 tuvo que ver con los buenos resultados del Partido de la U y la pobre votación de los verdes en la elección parlamentaria. También en 2014, después de marzo cambiaron las tendencias y Óscar Iván Zuluaga, hasta ese momento castigado en las encuestas, se volvió viable y derrotó a Santos en la primera vuelta. En estos casos hubo un efecto mediático causado por las noticias sobre los triunfos y derrotas en los comicios de marzo. Pero en la otra orilla, los candidatos sin partidos políticos fuertes –Fajardo y Petro– plantearán un discurso diferente. El de diferenciar entre el voto de opinión, desmarcado de las maquinarias partidistas, para apoyar un cambio de la política en las elecciones presidenciales. El descrédito de la política y de los mecanismos de representación les facilitará construir un argumento contra sus rivales apoyados en la clase política. Y frente a la crítica por una eventual falta de gobernabilidad, podrán esgrimir que ya ejercieron el poder sin contar con mayorías en los órganos legislativos. Ni Fajardo como alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia ni Petro como alcalde de Bogotá contaron con mayorías en los Concejos y en la Asamblea. Y ambos sacaron adelante sus agendas de gobierno. Los estudios más recientes concluyen que los votantes colombianos no tienen un alto nivel de coherencia partidista. Un elector favorece a candidatos de un partido al Congreso, y se aparta de esa colectividad en la puja presidencial. Incluso en las consultas internas para elegir por voto popular a candidatos presidenciales hay electores que apoyan nombres por los que no están dispuestos a votar después. Como las consultas son abiertas, los ciudadanos participan hasta en la escogencia de abanderados de varios partidos. Será el caso de algunos sufragantes en el duelo De la Calle-Cristo, en noviembre pasado, que marcarán el tarjetón entre Marta Lucía Ramírez, Iván Duque y Alejandro Ordóñez. El factor partidista, en la Colombia de hoy, no determina fundamentalmente el voto. Lo hizo durante siglo y medio, bajo el sistema bipartidista, pero cambió desde que el multipartidismo se impuso. Hoy los ciudadanos votan más por individuos que por colectividades. Hay indicios que muestran que existe mayor coherencia en los partidos pequeños o nuevos que en los grandes o tradicionales. Según el Centro Nacional de Consultoría, el Polo Democrático en 33 departamentos del país obtiene más votos –o la misma votación– que en las parlamentarias, seguido del Centro Democrático, con 32, y de la Alianza Verde, con 22. En cambio, en la Unidad Nacional –La U, liberales y Cambio Radical– ese resultado solo se dio en 3 departamentos. Las organizaciones más poderosas en el Congreso no tienen una gran capacidad de mantener sus votos en la primera vuelta presidencial. Las encuestas corroboran esa conclusión. Porcentajes significativos de quienes son afines a un partido se apartan del candidato presidencial avalado por su directiva, y las colectividades políticas son, en la práctica, un cascarón cuyo relleno se distribuye de manera diversa entre otras fuerzas. Los votantes tienen lealtades distintas en cada cita con las urnas. En la escogencia del Congreso, el color partidista y la relación directa con los líderes locales determinan más que en la competencia presidencial. Algunas cifras respaldan esta visión. Según la encuesta de Invamer para SEMANA, Caracol Televisión y Blu Radio, más ciudadanos afines al Polo votan por Petro que los que lo hacen por Fajardo, a quien ese grupo respalda en forma oficial. Y de acuerdo con un análisis del Centro de Consultoría, quienes tienen intención de votar por un candidato presidencial rara vez lo hacen por el mismo partido en la elección de Congreso. De los votantes de Fajardo, un 7,55 por ciento optará por candidatos al Congreso del Partido Conservador, 19,5 del liberal y 5,66 del Centro Democrático. De los de Gustavo Petro, un 5,61 por ciento marcará el tarjetón por un conservador, un 12,24 por ciento por un liberal y un 2,04 por el Centro Democrático. Los votantes de Germán Vargas Lleras sufragarán por un conservador, en un 11,76 por ciento; por un liberal, en un 20,59 por ciento; y por alguien del Centro Democrático, en un 13,24 por ciento. Humberto de la Calle, liberal, e Iván Duque, uribista, muestran el mayor grado de coherencia entre su votación a la Presidencia y la de sus seguidores al Congreso: 37,25 por ciento y 55,41 respectivamente, votarán por congresistas de sus partidos. Si las dos elecciones se hicieran el mismo día, la influencia de las maquinarias sería mayor. Por eso las separaron. ¿Lograrán los candidatos con partidos –Vargas Lleras, Duque, De la Calle– hacer valer las fuerzas electorales de sus colectividades?

Créditos: Revista Semana

 

 

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