Maritza Rocío López Vargas

Resulta preocupante el creciente aumento de consumo de sustancias psicoactivas, entre los estudiantes del país, particularmente el de marihuana e inhalantes; un fenómeno de alta complejidad que involucra al sector social, económico, cultural y político de la nación.

Un hecho que cobra importancia y refleja la necesidad, de revisar con detenimiento los modelos educativos, contextos psicosociales que conllevan al consumo de sustancias psicoactivas; el fortalecimiento de políticas, planes y programas de prevención del consumo de drogas; el reconocimiento de la percepción de los jóvenes frente al consumo, los ritos, mitos y realidades en entornos educativos ante  la venta, compra y uso de drogas; las motivaciones e intereses, para experimentar el consumo y el significado del escenario más inmediato al consumo.

El panorama actual obliga a las instituciones del orden nacional, departamental y municipal, a articular acciones interinstitucionales e interdisciplinarias, para frenar el consumo de drogas, minimizar los riesgos asociados a la salud física y mental de los consumidores y las familias, afectadas por ésta problemática; de igual manera desarrollar programas que permitan entre los niños, adolescentes y jóvenes, desarrollar competencias emocionales, para la toma de decisiones, sano aprovechamiento del tiempo de ocio, práctica del deporte, manejo de conflictos, comunicación al interior de las familias y fortalecimiento de vínculos entre padres e hijos y adultos cuidadores.

Es vital conocer las características del desarrollo humano, el grado de vulnerabilidad con relación al consumo de drogas, los factores de riesgo presentes en el individuo, en su realidad social, su familia y entorno académico. Los niños, adolescentes y jóvenes se encuentran inmersos en una sociedad consumista, facilista, compulsiva, impulsiva e  intolerante al aburrimiento; en búsqueda permanente de satisfacción, de placer inmediato, de incitación y nuevas experiencias; convierten a las drogas en un instrumento  que facilita la diversión, la aceptación de grupo o la reafirmación de sí mismo; con una muy baja percepción de los riesgos, que trae consigo la toma o consumo de drogas.

Desarrollar en los menores de dieciocho años competencias emocionales, fomentar en ellos los valores humanos, el altruismo, las actitudes pro-sociales, la interiorización y acatamiento de normas sociales, familiares y académicas; capacitar a los padres de familia en pautas de crianza, roles familiares, seguimiento, acompañamiento y participación en actividades escolares, apoyo ante los fracasos, fortalecimiento de la autoestima, autoimagen y proyecto de vida, desarrollo de la capacidad crítica, del criterio propio y habilidades sociales de los hijos; previene conductas desadaptativas, el maltrato, la violencia intrafamiliar y minimiza los riesgos de consumo o la adicción entre los mismos.

 

 

 

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