José Joaquín Cuervo Polanía

No hay nadie más vulnerable que un político en declive,  y ese no es el caso  tuyo ni el de Álvaro Uribe Vélez. La situación actual del expresidente colombiano no es la de la caída en desgracia de Fujimori o la  de Pinochet. Con seguridad no se trata de la claudicación de un papa  que deja el camino libre para que renazca la Iglesia en manos de alguien más joven y carismático con la convicción de haber cumplido un ciclo. No se trata del ocaso del General Simón Bolivar en su laberinto. Nunca Uribe pronunciaría  lo que dijo el principal antecesor castrochavista;  Bolivar: “Mis últimos votos son por la felicidad de la Patria. ¡Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro!”

Las razones de la renuncia de Uribe no debe ser siquiera que no tenga autoridad moral para ser senador. (Como el mismo Twiteó)  La fuerza de la autoridad se halla en la fuerza moral, conquistada no por decretos o investiduras externas, ni mucho menos por  reproches o castigos, sino por la coherencia entre el decir, el hacer y  el ser. De la autoridad moral debe dar cuenta sólo Uribe mismo. Pero si dice que no tiene autoridad moral, sus razones tendrá.

No renuncia por falta de popularidad, o porque la opinión favorable no le sea mayoritaria.  No creo que tenga que abdicar cuando todo le sonríe, cuando tiene presidente propio y en su haber más de diez millones de votos que siguieron ciegamente al que dijo Uribe, cuando sigue en luna de miel con la opinión pública, una  relación íntima que le hizo caer en la tentación de actuar  por encima de la ley.

Si no claudicó  en medio de los escándalos de corrupción que llevaron a la cárcel o al exilio a una veintena de sus  hombres y mujeres más cercanos, si aun en medio  de los reproches por los falsos positivos, de las chuzadas y la persecución a la oposición se mantuvo incólume, no creo ahora que tenga un reato de conciencia o le afecte la aparente incomprensión de algunos colombianos. Algo se trae entre manos el buen Uribe. A lo mejor en este su tercer Reich quiera simbolizar al ave Fénix y como ella renacer de las ruinas para perpetuarse por mil añitos más.

En fin, solo sé que la renuncia de Uribe no se debe al reproche de querer manipular testigos, ni a sus desencuentros inveterados  con la Corte Suprema de Justicia, ni a querer escapar a su fuero natural, sólo sé, eso sí, que se trata de una pelea de paisas, y en pelea de paisas, ojalá  el muerto no vaya  ser un Huilense.

 

 

 

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