Óscar Alvis Pinzón 

El fútbol es el más generoso de los legados que los ingleses le han dejado a la humanidad. Durante años, muchos intelectuales se resistieron a hablar de fútbol, a pensar el fútbol;  lo consideraban “el opio de los pueblos”. El fútbol es un hecho social fascinante, algo que pasó de pronto, a ser un eje en nuestras vidas. Algo en qué creer, por lo cual apasionarse, una manera de ser a través de otros: un rito religioso; que se celebra cada domingo y cada miércoles y todos los días; pero se festeja sobre todo cada 4 años. El Mundial es el momento en que la religión del fútbol no tolera ateos; en que todos hablamos sin parar de fútbol, en que los infieles que no ven los partidos deciden verlos todos.

El fútbol es un sustituto  de la guerra y la violencia. El fútbol nos iguala, nos nivela, nos humaniza, nos animaliza, nos diviniza. Lo cierto es que el fútbol, no solo es un pretexto para medir las fuerzas tácticas o técnicas de equipos y selecciones; sino que también es una pasión que despertó iniciativas y programas de responsabilidad social. Ya en nuestra cancha, Colombia, encontramos ejemplos de lo que puede lograr el fútbol, la sociedad civil, las organizaciones sociales, la empresa privada y un balón; porque contribuyen al desarrollo personal de los niños y jóvenes que viven en situaciones desfavorables. Y mejora las relaciones interpersonales dentro y fuera de las comunidades; inspiran, motivan y fomentan la autoestima, la salud física y mental, al tiempo que previene los comportamientos delictivos y antisociales.  El fútbol, según los expertos en resolución de conflictos se está convirtiendo en un arma de paz.

Tuvieron que pasar 16 años, esperar nuevas generaciones de futbolistas y recibir el aire refrescante de Pékerman, para hallar otra vez una manera efectiva de jugar y ganar. El descifró al futbolista colombiano y le imprimió un estilo propio de juego, donde prima la tenencia del balón con seguridad, profundidad y sorpresa. Este argentino solemne, serio y sencillo,  que nos unió y nos dio una razón para abrazarnos, acercarnos, tocarnos; en lugar de hacernos daño y excluirnos. Y esto pasó no solamente porque ganamos más partidos. Pasó también porque junto con el fútbol más inteligente, práctico y sencillo, nació una hinchada más devota, más decidida, más necesaria que nunca; en este país de guerras, corrupción, amores y desamores. Pero fue necesario cruzar desiertos y océanos para que Colombia volviera a latir con este corazón nuevo. Para que el fútbol de la selección, nuestros rivales lo vieran con admiración y cautela. No tenemos cómo pagárselo a Pékerman. Se nos pasará la vida agradeciéndoselo. Don José  su ciclo con la selección Colombia ha terminado. ¡Buen viento y buena mar!

 

 

 

 

 

 

 

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