Benhur Sánchez Suárez

 

A pensar de tantos programas de lucha contra la producción, el tráfico y el consumo de substancias psicoactivas, genéricamente llamadas “drogas” (hoy no se puede decir, por ejemplo, “ya tengo mis drogas” o “reclamen mis drogas” o “mijo, vaya a la droguería” porque la palabra “droga” está satanizada, por no decir narcotizada -su poder es tan grande que cambia hasta la semántica del lenguaje) aumenta los delitos de cultivo, procesamiento, comercialización y consumo en proporciones gigantescas.

Después de tanta inversión, nacional y extranjera (¿que se hicieron los fondos que ingresaron al país para el combate a muerte del narcotráfico?) el fracaso de la represión es casi absoluto. Países como el nuestro, que era productor para enriquecer la vida de otros, ahora también es altamente consumidor.

No hay una sola actividad productiva que no haya estado barnizada por el maloliente legado de esos dólares. Hoy tampoco se puede decir “vaya al lavadero” porque la palabra califica al sitio donde se hace el milagro de transformar en legal el dinero ilícito y no donde la ropa se hace nueva.

Y es que el negocio es tan fabuloso, con cifras descomunales que ya no caben en una calculadora, y es combatido inútilmente en tantas fronteras del mundo, que parece imposible erradicarlo de la economía de nuestros países.

Es tal el poder del dinero acumulado que deslumbra la majestad de la justicia, transforma la cultura de la sociedad, corrompe los cimientos del Estado. Con tal de cumplir con la demanda, se malogran bosques y tierras, se compran no sólo insumos, tierras, hombres, conciencias, autoridades de toda jerarquía, sino que se deshumanizan personas para transformarlas en “mulas” o en sicarios e inyectarles la religión del dinero que sólo ellos entienden.

Hasta literatura sicarial, cine y series de televisión son guías con falsos héroes y asesinos que mira embobada una sociedad transformada en primitiva. Eso nos ha aportado la era de la ambición desmedida, del enriquecimiento fácil, de la politiquería corrupta.

La droga nos ahoga poco a poco. ¿Cuánta sangre más para pagar la penitencia?

Sólo nos salva empezar a formar a nuestra niñez en la verdad, en la prevención y en la negación a esa cultura engañosa y brutal. En lugar de más agentes armados hasta los dientes, insensibles y bestiales, y perros narcotizados, muchos maestros armados de bondad y conocimientos que aborten la penetración del mal en los establecimientos educativos y en la conciencia de los niños.

En lugar de aviones y drones fumigadores, más tierra para los campesinos que cultivan nuestra diaria subsistencia.

En lugar de la hipócrita lucha de las potencias contra la “droga”, legalizar los cultivos para beneficio de la salud de la humanidad. Grandes fábricas de vida a cambio de fábricas de muerte.

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