Froilán Casas Ortiz

 

El ser humano mal educado, suele abusar de la abundancia. Paradoxalmente la escasez genera recursividad, creatividad. Increíblemente, son los de más escasos recursos económicos, quienes más abusan del tener. Algunos que provienen de hogares paupérrimos, cuando llegan al poder, llevan como un hambre atrasada y no se sacian con nada, como que llegó el desquite, -bueno, también algunos provienen de las clases pudientes y la sed de dinero no se sacia con nada-. Definitivamente la avaricia no tiene límite. La avaricia va en proporción geométrica, mientras el dinero que se consigue con honestidad en proporción  aritmética.  Si usted quiere saber cómo se despilfarran los recursos naturales, vaya a la casa de alguien de estrato uno, claro, la llave abierta. Como el valor de la tarifa es subsidiada por los contribuyentes, entonces, lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta. La abundancia de los presupuestos, por la cascada de los mismos que pagamos los colombianos que trabajamos, es presa insaciable de los codiciosos. Mire usted, ¿qué pasó con la bonanza petrolera? Se construyeron puentes en donde no había ríos, como dice la canción. ¡Qué tristeza! Y, seguimos siendo pobres. Vean el economato de una cocina: ¡Cuánto alimento se pierde! Se ven los alimentos perecederos en total descomposición y ni siquiera lo percibimos. ¿Dónde está el uso racional de los recursos naturales? De cultura ciudadana no tenemos ni un milímetro. Somos descaradamente despilfarradores. Un hermano obispo venezolano me comentaba recientemente cómo ahora los venezolanos tasan el poco alimento que pueden adquirir, lo alargan de manera impresionante. Debe alcanzar para muchos días, so pena de morir de hambre, como ya están muriendo algunos hermanos nuestros, -¡nos duele en el alma!- No entiendo cómo algunos ilusos con el real pretexto de salir de la corrupción,  buscan un gobierno similar al del hermano país. En mis años juveniles, cuando fui a estudiar a Europa, escuché de primera mano, la hambruna que padecieron los europeos, las consecuencias de la guerra y cómo tenían que tasar al máximo los pocos alimentos que tenían. Por ejemplo, solo tenían polenta (harina de maíz) y les tenía que alcanzar para muchos días; además no tenían con qué aliñarla y así, desabrida, la comían con gusto: a falta de pan, buenas son tortas.

Y aquí, con tanta riqueza, ¡cómo despilfarramos la abundancia! Bueno, -también hay que constatar dolorosamente la terrible desigualdad social que padecemos, producto de la insaciable codicia, pues hace falta el pan material en muchos hogares-. Sin embargo, hay que constatarlo dolorosamente, los colombianos vivimos una cultura del despilfarro. Habría que analizar cómo se manejan los recursos públicos: ¡Cuánto desgreño! Con frecuencia el funcionamiento se traga los presupuestos, y ¿qué queda para inversión? La racionalidad y la optimización de los recursos sí que hacen falta en el manejo de la cosa pública. Nos falta una cultura de la austeridad en el manejo de nuestra capacidad económica. Señora: mire en su armario la cantidad de zapatos que le sobran y que usted con el síndrome de las compras se ha llenado de cosas inútiles. ¡Ah! Sus hijos son terriblemente  exigentes. Todo lo que compran debe ser de marca.  Y después se quejan.

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