Adriana Camacho

 

El poder es una variable presente en el día a día de nuestras vidas, tanto en casa como en el trabajo. Sabemos que el poder puede ser comunicado de varias maneras y las personas en una posición de poder, como los presidentes, asumen un repertorio totalmente diferente de comportamientos no verbales y lingüísticos que las personas que se encuentran en una posición con poco o sin poder alguno.

Tradicionalmente, el poder ha sido asociado con la masculinidad, no con la feminidad. Para una mujer, usar su poder puede ser bastante riesgoso ya que se espera abiertamente que provenga y sea ejercitado por un hombre, no por una mujer. Estas concepciones subconscientes prevalecen universalmente. Tanto así, que como muchas otras cosas, las mujeres han aprendido a camuflar su poder, convirtiéndose en expertas usando el poder indirecto. Cuando presenciamos una mujer ejerciendo poder en algún escenario, más que todo público, la reacción común –consciente y/o inconsciente- es el sabotaje por medio de la crítica, el control, humillación, abuso y cosificación sexual demostrando el miedo irracional que despierta una mujer empoderada.

En los últimos cincuenta años, las mujeres han avanzado de manera significativa hacia su independencia y liderazgo. Ahora vivimos en un mundo (ignorando varios países donde la mujer todavía no tiene ni voz ni voto) de mujeres cirujanas, jueces, pilotos y generales, una época donde se ha aprendido que la inteligencia emocional y social puede ser aún más importante que el coeficiente intelectual. Pensando en esto, varios de los componentes de la inteligencia emocional son típicamente considerados características femeninas y aun así la mayoría de los líderes mundiales son hombres. Se escucha comúnmente decir que las mujeres hablan más que los hombres, son más inestables, y sus emociones no les permiten ser líderes. Demostrando científicamente que la realidad es diferente, ¿es el miedo de los hombres el que no permite tener una distribución equitativa de poder? No es difícil darnos cuenta de que mientras las carreras de las mujeres escalan con interrumpido progreso, así mismo suben los índices de divorcio. ¿Es acaso algo inevitable, no pueden ambos sexos ejercer poder en sus propias vidas sin que uno se sienta amenazado por el otro? Teniendo en cuenta la diferencia en perspectivas: los hombres ven la situación como ‘si tú ganas, yo pierdo’ mientras las mujeres se inclinan más hacia la búsqueda de soluciones que involucren doble ganancia, resulta imprescindible la necesidad de iluminar los miedos y prejuicios provenientes de la época en donde solo el hombre poseía y expresaba su poder, con la misma importancia debemos entender estos miedos para poder erradicarlos y progresar al escenario que a este paso parece utópico.

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