La vida de Eliecer y María Derli es una serenata de la vida diaria.

Eliecer Trujillo es músico, toca guitarra, canta y compone versos de realmente admirar. Nació en Teruel, pero desde la edad de los 4 años Neiva fue la ciudad que lo vio crecer.

No solo su talento fue lo que heredó de su madre. El artista padece de la enfermedad congénita conocida como retinosis pigmentaria. A sus 9 años, un médico adonde lo llevaron le presagió lo que le sucedería. “él me dijo, Eliecer, comience a manejar muy bien sus manos porque usted a la vuelta de unos 10 va a quedar completamente ciego”.

Por eso, antes de que llegara el momento de no volver a ver la luz del día, Eliecer aprendió el lenguaje Braille y agudizó sus otros sentidos. Con una venda tapaba sus ojos y salía por las calles del barrio Monserrate con un palo de escoba a prepararse para lo que vendría. A los 13 años aprendió a tocar la guitarra, con la que se trasnochaba trabajando y ayudaba con el sustento de su hogar. A sus 18 años perdió por completo la vista, para entonces, Eliecer había asimilado la condición para la cual estaba destinado.

“Yo siempre me he desempeñado como una persona a la que no le falta nada, para mí nunca ha sido una frustración no tener la vista, sino un acicate. Nunca me he sentido menos o más que nadie. Lo que sí nos ha faltado toda la vida es más ayuda del Estado, que nos incluya”, manifiesta el músico.

Con esa clara mentalidad, Eliecer continuó sus estudios. Egresó del colegio Nacional Santa Librada en la promoción de 1987, sin dejar de lado la pasión por la música. Le ayudaron con media beca para que iniciara la carrera de Derecho en la Universidad Cooperativa. Pero pese al esfuerzo que le metió para terminarla, los ingresos económicos lo obligaron a retirarse cuando realizaba el sexto semestre.

“Ese es uno de los golpes más duros que la vida me ha dado, porque soñaba con ser abogado para ayudar a más gente a las que son vulnerados sus derechos”, menciona Eliecer.

 

Juntos

Eliecer Trujillo formó un hogar hace poco más de 4 años con Maria Derli Tapia, su novia de bachillerato y con quien tuvo una hija. Aunque la vida lo llevó a él por otros rumbos en los que convivió con otra mujer, luego de muchos años el destino los volvió a juntar.

Maria Derli es también invidente. No se sabe a ciencia cierta si un aguacate que se descolgó del árbol y le cayó en la cabeza o un accidente de tránsito que sufrió fue la causa, lo cierto es que cuando quedó embarazada de su primer hijo le descubrieron un tumor craneoencefálico que se estranguló y la dejó ciega a los 18 años de edad.

“Los primeros dos años me convertí en una persona muy triste, me la pasaba llorando, me escondía, no quería que nadie me viera. Me dijeron que fuera al instituto para ciegos y allí la sorpresa que me encontré a Eliecer, empezamos a entablar amistad, inicié rehabilitación, y desde entonces la vida cambió, tuvimos una hija. Pero luego nos dejamos y yo tuve otro hijo. Empecé yo a trabajar lavando ropas ajenas, haciendo envueltos, arepas, para ayudar a sostener a mis dos hijos”, narra la mujer mientras a tientas prepara un tinto para ofrecer a la visita.

Tras años de estar separados, esta pareja se volvió a unir. Aunque Maria Derli toda su vida había vivido cerca de su mamá, se decidió por Eliecer. Un retorcido rancho construido en tablas en la mitad de una loma en el barrio Siete de Agosto, por medio del cual corría el agua cuando llovía, fue inicialmente la morada de la pareja. Las condiciones infrahumanas en que vivían se conocieron hace un par de años a través de Diario LA NACIÓN, lo que originó una campaña con el fin de ayudarles a mejorarle la vivienda en la que pudieran vivir dignamente. En 4 meses, la obra se hizo realidad con ayudas en material y mano de obra que recibieron.

Allí en esa pequeña casa permanecen hoy en día Maria Derli y Eliecer. Para salir o regresar, deben utilizar unas empinadas escaleras, que por la condición de ambos les resulta bastante peligroso.

“Ya me rodé de allá arriba, puse mal el pie en un escalón y me vine de cabeza, me detuvieron unos muchachos que estaban más abajo tomando unos guarilaques, sino hubiera seguido rodando. En esa ocasión me descompuse un hombro y una muñeca, menos mal a la guitarra no le pasó casi nada”, dice jocosamente Eliecer.

 

Ambos deben bajar y subir varios escalones para llegar a su casa, en el barrio Siete de Agosto de Neiva.

Compositor de himno sin reconocimiento

Este huilense que perdió la vista a tierna edad, es autor del himno oficial del municipio de Teruel. Las letras son dignas de esta “tierra de oportunidades, progreso e inclusión”, como lo dice un eslogan de esa alcaldía. Sin embargo, Eliecer lleva varios años esperando a que le sea reconocido el derecho de autor del himno, pues no ha habido voluntad administrativa que lo haga.

La época de las serenatas por las que le pagaban para que entonara ya casi se extinguieron. Esto afecta también la economía del músico. “Estamos en la era del CD, de la memoria USB, ya no se dan serenatas en las ventanas, la época del romanticismo se acabó. Por eso ahora me pagan 10 mil pesos por tocar 5 canciones, cuando hace 20 años me ganaba 50 mil pesos por las mismas 5”, dice Eliecer.

La pareja vive del día a día, también vendiendo por las calles bolsas para la basura, trapeadores y escobas. La situación para ambos es difícil. Pensar en cómo pagar las facturas de servicios, los agobia.

Para ayudarse con los gastos de la casa, la pareja tiene una iniciativa de vender unos bonos o rifas, y piden la colaboración de la comunidad para que las adquieran.

 

Maria Derli, realiza los quehaceres de la casa pese a tener ceguera total.

Sueños en las sombras

Ella tiene 53 años y él 52. Ella cuida del hogar, pese a padecer también de diabetes. Hace 6 años un infarto por poco le arrebata la vida. Ahora corre el riesgo de sufrir otro debido a que su sistema de servicio de salud no le facilita la debida aplicación de las 45 unidades la insulina que a diario necesita.

María Derli tuvo por 12 años un puesto de venta de dulces a las afueras de la Universidad Cooperativa. “María Dulce”, era entonces como le decían sus clientes, que la encontraban a diario bajo el sol y la lluvia. Pero nuevos directivos terminaron por negarle la oportunidad de trabajo.

Eliecer la cuida como lo más preciado, y le dedica a ella sus canciones románticas. “Esta mujer ha sido mi esposa, mi compañera, mi madre, mi amiga, mi todo, ella es el motor más grande para yo continuar en la vida”, dice sin ruborizarse.

El artista, también le canta a la desigualdad social, sus composiciones describen la dureza de la vida de las personas sin recursos económicos.

Dice conservar en su mente todas las imágenes que alcanzó a ver antes de que sus ojos se opacaran. “En mis sueños yo veo. Tengo unos sueños hermosos andando en moto, por la ciudad como yo la vi, las personas que conocí”, manifiesta.

Aunque no vive con ellos, Eliecer piensa en sus 4 hijos, que heredaron el gen de su enfermedad, la cual avanza con la edad. Las dos mayores de 30 y 29 años ya perdieron la vista, hoy en día son madres de familia. Los otros dos menores de 19 y 14 años, aunque poca, todavía cuentan con ella, pero podrían estar destinados a la misma situación.

 

Un perro es la compañía más fiel de la pareja.

 

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