Las dos caras del orgullo

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Por: Adriana Camacho V.

Estimular nuestra autoestima y dignidad cuando están por el piso es importante para nuestra salud emocional, nuestra felicidad y aún más para nuestra satisfacción en relaciones sociales e íntimas. Sin embargo, cuando de orgullo se trata podemos encontrarnos con un terreno bastante resbaloso, el orgullo puede llegar a ser tan negativo como positivo dependiendo de la situación y tipo de personalidad de la que estemos hablando. En el caso de una persona con un nivel de autoestima y autovaloración bajo se sugiere siempre como parte del proceso incrementar el orgullo, la confianza y seguridad que con ello viene; pero si hablamos de una persona arrogante, con sentido de superioridad y extremadamente confiada y segura de sí misma el orgullo no es más que perjudicial para la salud propia y de sus relaciones tanto sociales como íntimas.

Pero, ¿Acaso qué hace la diferencia entre alguien que se siente confiado, seguro, y el orgullo de aquellos que son arrogantes y petulantes? En general, existen dos tipos de orgullo en psicología que nos ayudan a distinguir el saludable del perjudicial. El orgullo ¨auténtico¨ se manifiesta cuando nos sentimos bien sobre nuestros logros, cualidades y virtudes –o de alguien que nos resulte importante- y siempre se relaciona a una característica deseada socialmente, parte de la estabilidad emocional de una persona. En cambio, el orgullo ¨desmedido¨ tiende a involucrar egoísmo, arrogancia y muchas veces resentimiento, a diferencia del orgullo auténtico, el desmedido no se considera una característica apetecida ni admirable socialmente sino todo lo contrario.

Así que para mantenernos en el lado positivo, lo más importante es aprender a dosificar frente a cada situación. Cuando somos capaces de racionalizar las consecuencias que puede traer reaccionar con orgullo desmedido e inoportuno, sobrepasamos la emoción que puede apoderarse del momento y no dejarnos pensar. Siendo conscientes de que el orgullo y la arrogancia se alimentan de la imagen que tenemos de nosotros mismos y terminan influenciando nuestro sentido de identidad, es de gran beneficio mantener presente que lo que nos define debe ser lo que somos y no cuánto ganamos, donde estudiamos, o nuestro estatus social.

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