Dayanna Méndez Aristizabal

“Gracias por estar aquí, en mis 10 años de carrera nunca había visto tantos periodistas frente al fútbol femenino”. Esta reveladora frase, la dice al inició de la rueda de prensa, la capitana del equipo femenino del Atlético Huila, Yoreli Rincón Torres; tras volver a Colombia como campeonas de la Copa Libertadores de América Femenina. Ella que es la primera jugadora del fútbol profesional colombiano, sabe muy bien de lo que habla.

Ha sido una abanderada absoluta de la creación de la liga femenina de fútbol en Colombia, que tras años incansables de lucha, -una liga que vale quince (15) veces menos que la masculina- el año pasado fue inaugurada. Por eso no ha dudado en pedir apoyo, en pedir contratos laborales dignos para las futbolistas, la garantía de una liga profesional para siempre y en denunciar que el premio que ganaron ellas iría directamente al equipo masculino del Atlético Huila. Ella que ha estado en equipos de Brasil, Suecia, Noruega, Italia y ha jugado en una Champions League femenina, sabe muy bien lo duro que es ser deportista en Colombia, ser mujer y jugar al fútbol.

Ser deportista en Colombia es básicamente un acto de fe. Por eso sentimos tanto esos triunfos nacionales e internacionales de nuestras y nuestros compatriotas, por eso ver que Catherine Ibargüen se lleva todas las medallas y el título a Mejor Atleta del mundo en 2018, es motivo suficiente para hincharse de orgullo.

EL futbol es un deporte privilegiado, porque es el deporte más comercializado, el que más vende, aunque esta regla no aplica si las que juegan son mujeres, en el ideario social no es tan atractivo que las mujeres lo jueguen; porque al ser un deporte de contacto se ven poco femeninas, agresivas, “marimachas”, ¡Ah sí!, hasta lesbianas se vuelven; como si ser lesbiana fuera un insulto, como si las elecciones sexuales y afectivas determinaran las capacidades intelectuales o físicas, como si de machos muy machos no estuviera lleno el fútbol y no hacen la mitad de lo que están haciendo las mujeres cuando les dan los espacios.

Es más que justo que a las mujeres deportistas se les de las mismas oportunidades, los mismos apoyos, la misma remuneración, que los medios cubran los eventos deportivos femeninos con el mismo entusiasmo y amplitud que cubren los masculinos, que les pongamos rostro a las deportistas, que la organización del fútbol colombiano establezca garantías serías y justas para la liga femenina. Ya no les pueden decir que no saben hacerlo, que no es para ellas; porque las futbolistas, las deportistas en Colombia, se volvieron expertas en dar lecciones, en tapar bocas y qué bonito que les queda.

 

 

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