Jorge Fernando Perdomo

La primera vez que oí la palabra “fracking”, lo confieso, me aterroricé. Sin saber el significado, la palabra produce un viento de miedo bastante parecido al que se siente en las salas de cine cuando uno ve una película de terror. La música con la que se acompañan las escenas más escalofriantes parece producir una corriente de aire fantasmal.

Ante el impacto de la palabra, fui al diccionario de la lengua inglesa con sus traducciones en español. Y no estaba lejos de saber por qué dicha palabra me generaba impacto.

Y es que “fracking” significa “fracturación” y en el contexto tecnológico y relacionado con la exploración de petróleo, quiere decir “fracturación hidráulica” o estimulación hidráulica para ayudar en la extracción de gas y petróleo del subsuelo.

Como siempre, el término y su significado son hoy motivos de polémica entre quienes dicen que es un avance en los procesos extractivos y entre quienes opinan que es un golpe bajo a la naturaleza con implicaciones impredecibles.

El fracking, de acuerdo con esta última teoría, es generador de contaminación acuífera y atmosférica, impulsa el alto consumo de agua, es un perturbador auditivo, coadyuva en el vertimiento de agentes químicos de impacto sobre las plantaciones aledañas e, inclusive, incentiva la sismicidad en el territorio en donde se ejecute esta práctica.

Sus defensores, por el contrario, ven al fracking como el último grito de la invención humana en la extracción de gas y petróleo y lo justifican porque disminuye costos, convirtiéndose, en un aliciente económico para una industria que asume enormes costos en la operación a los que se les suman otros del orden socio político que incluyen, en el caso colombiano, los producidos por el hostigamiento de los grupos armados que hacen presencia en las zonas denominadas petroleras.

En el Huila, departamento ya fracturado por el agua con la construcción de dos grandes represas la posibilidad de la utilización de este método, debería preocuparnos en alto grado. Una técnica que vendría a descompensar las condiciones naturales, en una tierra intervenida por represas y por la mano criminal de la minería ilegal y con una historia sísmica que nos ha llenado de tristeza.

Los huilenses no debemos permitir más azotes propiciados por el hombre a nuestra naturaleza y en frente común, toda la sociedad, rechacemos esas ventajas tecnológicas que aquí se nos convertirían en desventajas ecológicas. Esta tierra ya no será más de promisión si permitimos que nos la fracturen.

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