Piter Bonilla Díaz

Cuando se ha ostentado el poder, sobre todo de manera arbitraria, bellaca y por tanto dictatorial, se presenta la natural reacción de sus gobernados. Esto se torna preocupante para el tirano, especialmente cuando el fenómeno va en aumento. Si se trata de un jefe de Estado, entra en una situación de desespero, de angustia demencial que lo vuelve cínico, falaz, chantajista y burdo, para no extendernos más en calificativos. Apela también a la retórica fantástica y termina creyendo sus propias mentiras. Ello, además, si no tiene cómo demostrar que lo que se denuncia en su contra y sus adláteres, no es vedad.

Esto de manera superficial  se observa en el régimen comunista de Nicolás Maduro. No se ha registrado cosa que no diga con procacidad contra sus críticos. Su precaria y ruda imaginación de ignorantón no le da ya más para su verborrea. Todo lo ha vomitado, como lo hacía su extinto maestro, con la diferencia de que no bestializaba.  La amenaza para el “Bravo pueblo” y los países que no contemporizan con sus horrorosas pretensiones, siendo Colombia su objetivo principal, es para el reyezuelo una constante.

En el fondo estos celebres personajes ante esa peculiar circunstancia, pierden totalmente sus sentidos y sin ningún reato se atreven a decir, como en el caso de Maduro, que en Venezuela impera la democracia y la protección a los niños y ancianos. Que  está enfrentado con unos gobiernos que buscan asesinarlo y crear el caos contra los venezolanos, cuando el mundo sabe que el peor verdugo  ha sido él. Y qué tal el ultimátum que dio a los mandatarios del Grupo de Lima al instarlos a que les daba un plazo de 48 horas para que rectificaran la declaración que suscribieron  contra sus tropelías. ¡Por Dios!

A todas estas, con la asistencia a su posesión de solo cinco Presidentes, ante el Tribunal Supremo de Injusticia, organismo que  no tiene esa competencia, una tracalada de esbirros que utiliza para la salva de aplausos, delegados de unas republiquitas desconocidas, más los militares comprados con altos sueldos, de un lado, y por otra la declaración de la OEA que por fin se pronuncia, esta vez para desconocer, al igual que la Unión Europea, la legitimidad de la prolongación de la tiranía. Todo esto está bien. Pero la  dictadura lleva 60 años en Cuba.  ¿Ahora qué hay que hacer para sacar a este sátrapa?

 

 

 

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