Fuad Gonzalo Chacón

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@FuadChacon

 

“¡Claro, Kirguistán! Tienen la bandera roja con el sol en el centro” le dije al conductor de Uber segundos antes de que frenara en seco víctima de su asombro cuando bajábamos por Lexington Avenue. “¿Cómo sabe eso? Nadie conoce mi país” respondió mirándome con una conmoción patriótica que no olvidaré, luego me relató las modestas aventuras de su gente en aquel rincón ignorado que colinda con China. Llegando a mi destino me aclaró que lo que yo creía que era un sol, realmente era el símbolo de las vigas tradicionales que sostienen sus casas y que está en la bandera para representar a la familia como institución eje de su república. Hasta la fecha, sigue siendo la mejor charla que he tenido con un conductor.

Recuerdo esa anécdota mientras voy de la mano con mi novia por el Paseo de la Castellana. Lo que un día cualquiera suele ser una vía caótica y abarrotada de autos en la que la tarde da paso a la noche con una capa escarlata de nubes que enciende de rojo tizón el cielo madrileño, aquel domingo evoca un paisaje inmóvil, como caminar dentro de una foto. Decenas de taxis estáticos, cuales hormigas en hilera, descansan sus motores sobre aquella vía principal. Unidos en un pulso invisible de poder contra el Gobierno, los taxistas juegan a las cartas con sus propias risas de fondo, aprovechan para echar una siesta al volante, y departen en pleno asfalto con sus colegas entre mordisco y mordisco de empanadas de carne.

En medio de dicha paz dominguera, ninguno de ellos imaginó que la policía abriría el paso a tanqueta y garrotazos pocas horas después, escribiendo así un capítulo más de la larga lucha global entre las plataformas de transporte y el anquilosado negocio de los taxis. En Nueva York, plataformas de movilidad como Uber, Lyft, Via o Juno se han convertido en agentes disruptivos de un hermoso caos innovador que sirve de sustento para muchísima gente que, como mi amigo de Kirguistán, solo busca pagar las facturas de forma honrada, aunque sin saberlo ello implique desafiar las viejas estructuras de nuestra sociedad. Y todo ello es fantástico, es ver a internet cumpliendo las promesas de futuro que desde su origen nos hizo, moldeando soluciones eficaces a los problemas de siempre con cada nueva app que se inventa.

Viendo una camioneta de Cabify vandalizada con grafitis fucsia chillón cerca la Plaza Colón y escuchando en la radio la noticia de los perdigones disparados contra un Uber en la A-3, me transporto a la noche en que incendiaron un vehículo en la Avenida Suba o aquella otra en la que fui perseguido durante varias cuadras al salir de la oficina por elegir otra opción distinta al mal servicio y cobros engañosos de los taxis de Bogotá. Entonces comprendo que la película que los cautivos habitantes de Madrid están presenciando por cortesía de esta huelga, yo ya la vi, y aunque con distintos protagonistas, les puedo anticipar el final: El progreso siempre prevalece.

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