Alexander Molina Guzmán

Es el título de un libro que me obsequió un amigo dedicado a la docencia, que trae una recopilación de reflexiones que hicieron un grupo de profesores que laboran en distintas instituciones educativas del Huila sobre el quehacer de la paz en diferentes contextos, no sólo en lo político, porque parece que la paz está secuestrada por la política y, de hecho, nos hacen creer que desde ahí es que se puede conseguir, porque también se supone que como es un “enfrentamiento entre dos bandos armados”, sólo mediante una negociación entre esas dos partes se “resuelve”.

No es así. Esa es una intención del libro, sacarnos de la “zona de confort” en donde creemos que la paz, vendida como la han vendido, es una cuestión que no nos toca; que eso se lo dejemos a los políticos, pues se supone que, valga la retiración, es la política y los políticos los que tiene que resolver ese asunto. No. Bien lo plantean en el libro, “la paz es el reencuentro con la armonía de nuestro interior (…)”. Cierto. No podemos hacer una construcción social de la paz, sino empezamos una transformación interior que nos permita respetar las diferencias, superando los odios y resolviendo de manera dialogada y pacífica los problemas que enfrentamos.

Si como seres humanos mejoramos nuestro interior, sin duda también mejoraremos los espacios en los cuales nos desarrollamos como personas y eso hay que apuntalarlo: Si transformamos nuestro interior también se transforma el exterior, esos espacios que nosotros mismos hemos creado para vivir en sociedad pero que hemos malogrado (estas dos situaciones se complementan). Pero en el libro también se precisa que hay que desmontar la idea que “la cultura de la paz se adquiere cuando ingresamos a una institución educativa”. Y lo real es que la cultura de la paz “debe iniciarse en la familia, en el entorno diario de cada persona”.

Se observa que hay secuencia lógica: Mejorar nuestro interior, eso redunda en mejorar el exterior y el primer espacio en el cual hay que crear la cultura de la paz está en la familia. Y desde luego, como un segundo escenario, la educación debe crear “modelos pedagógicos que permitan alcanzar una conciencia crítica (…)”. Porque este tipo de conciencia es la que nos hace valorarnos como personas, como seres humanos sujetos de derechos que deben ser respetados y garantizados.

Este tipo de lecturas deberían ser discutidas en las instituciones educativas, pues otras voces que hablan de paz necesitan ser escuchadas y que no es una cuestión sólo de la política.

 

 

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