Consuelo Serrato

Consuelo Serrato de Plazas

¿Has experimentado acaso un proceso de duelo por una ruptura amorosa? No te inquietes pues según el poeta y dramaturgo Alfred Tennyson: «Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado».

 

A lo largo de nuestra existencia nos vemos abocados a enfrentar pérdidas -partida de un ser querido,  ruptura afectiva, culminación de una relación laboral de años, amistades que terminan- realidades que conducen a tener que vivir situaciones de duelo el cual se define como un «proceso normal de adaptación por el que todas las personas pasamos al sufrir una pérdida». Es de resaltar que tales eventos logran desencadenar respuestas de tipo emocional caracterizados por estados de desesperanza  y dolor.

Sin embargo en esta oportunidad habré de referirme específicamente al duelo que sobreviene ante el fin de una relación amorosa. Aquella que en ocasiones puede llegar a desatar un impacto emocional propio de un episodio depresivo que con facilidad provoca el «síndrome del corazón roto» relacionado con una debilidad cardiaca transitoria ocasionada por un evento altamente estresante generado por un shock emocional.

Pero… ¿qué es lo que origina ese sentimiento de pérdida?

Desde muy pequeños establecemos vínculos con figuras significativas y ello hace que la pérdida se encuentre íntimamente relacionada con conductas de apego. En efecto es habitual que los seres humanos nos apeguemos emocionalmente a quienes amamos. Por ello en el escenario de la relación de pareja cuando ésta se quebranta inevitablemente se originan sentimientos de nostalgia e incertidumbre. En la  sabiduría tibetana se suele predicar que «el tamaño de tu dolor es del tamaño de tu apego».

Ciertamente la experiencia emocional de enfrentar una pérdida es tarea que no resulta nada fácil. Proceso complejo que cada persona lo vive de diferente manera y sin duda requiere tiempo para procesarlo. No obstante a pesar de existir ciertos determinantes para avanzar en su elaboración sí es fundamental adoptar una actitud apropiada que permita desligarse emocionalmente de esa persona y reacomodarse  a la nueva realidad.

Lo importante es aprender y salir fortalecido de esa experiencia. Aunque el tiempo para curar las heridas resulta esencial en la recuperación en últimas tú lo determinas. Exclusivamente tú. O te aferras a lo que ya no es y eternizas ese estado de añoranza u optas por aceptar la nueva realidad de forma racional y te dispones a iniciar el camino hacia la resignificación que te lleve a vislumbrar un horizonte despejado cargado de expectativas como coyuntura propicia para involucrarte en nuevos proyectos y hacer realidad esos empeños que siempre anhelaste y por qué no darte la oportunidad de rehacer tu vida  pues tal y como lo señalara John Branter  «únicamente aquellos que evitan el amor, pueden evitar el dolor del duelo».

 

 

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