Froilán Casas Ortiz

No cabe duda que uno de los peores defectos del ser humano es la soberbia. La soberbia tiene muchas aristas, se parece a un pulpo con cien cabezas, como la Hidra en la mitología griega, monstruo acuático en forma de serpiente policéfala. Así parece la soberbia, como una ponzoña que se presenta con diferentes versiones. Un hombre inteligente debe estar atento permanentemente para no caer en sus garras. La soberbia se caracteriza por una supervaloración de sí mismo, es la persona que se cree la divina perfección andando, los demás fallan, él no. Es difícil convivir con una persona llena de ego, en todas partes resulta un problema. El soberbio suele ser incoherente, dice una cosa y hace lo contrario; sólo ve errores en los otros (él o ella) se sienten levitando en el trono de los dioses. El soberbio pierde el sentido de las proporciones, todo lo mide en concordancia con su yo narciso. El soberbio siempre tiene la razón; es inútil dialogar con un soberbio, es quemar pólvora en gallinazo. El soberbio no está dispuesto a aprender, siempre tiene la razón. Hay gente tan soberbia que ni siquiera los porrazos lo cambian. Aquí se da el caso: genio y figura hasta la sepultura. Hay gente con cuero tan duro que no le penetra ni la aguja de arria. Cuando están en el poder político, económico, académico, religioso, etc., se rodean de corifeos marcados por la mediocridad que se convierten en un comité de aplausos de las ridiculeces del “jefe”. La pobreza intelectual y humana es colmada por los bufones que llenan la mediocridad del tristemente célebre. ¡Ah, cuántos grandes hombres han sido tan grandes y tan pequeños! Un Napoleón, el dios que no permitió que lo coronara Pio VII, nadie puede coronar a Napoleón, sobre Napoleón sólo está Napoleón, por eso le quitó la corona al papa y se la puso él mismo. Se creía invencible y fue derrotado, humillado por los ingleses en Waterloo, muriendo después cautivo de la manera más humillante. Y qué decir del “rey sol”, Luis XIV sus cinco hijos murieron muy jóvenes y tuvo que sucederlo un bisnieto. Podríamos seguir enumerando tantos grandes de este mundo que han vivido hinchados por su orgullo y sobreestima, ¿en qué han terminado? En cambio, el sencillo está ávido por aprender; en las caídas es donde más aprende; es la persona capaz de ofrecer excusas y reemprender la marcha; es la persona llena de nobleza que dice: perdóneme, me equivoqué. Reconocer el error es ganar la verdad. El sencillo está en permanente plan de mejoramiento: lo que hoy hizo bien, mañana procurará hacerlo mejor. La persona humilde es la que está en permanente aprendizaje, dice con Sócrates: Solo sé que nada sé. Ese es el sabio. No es el que está lleno de sabiduría, es el que la vive conquistando todos los días. El humilde no se casa con un sistema, una ideología, se casa con la verdad. El humilde no es fanático, no se obsesiona por nada, vive en permanente búsqueda; ama el presente buscando un futuro mejor. El cambio es su compromiso diario.

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