Jorge Fernando Perdomo

Los grandes hombres preservan su nombre en la historia por su legado. Sin lugar a dudas el legislador, el gobernante, el constituyente Guillermo Plazas Alcid, tiene garantizado que su nombre lo recordaremos los huilenses con afecto y respeto.

Pero el estadio que lleva su nombre, construido en el año 1964 en lo que era la periferia de la ciudad, con la recordada marcha del ladrillo, hoy se erige como un elefante blanco que nos pone en el dilema de qué sería mejor, si remodelarlo o tumbarlo y hacer otro nuevo que a lo mejor costaría menos que las fallidas remodelaciones.

Al estadio y lo que representa para el pueblo aficionado le han dado las patadas necesarias para sacarlo de su fin último: entretener.

Es cierto que es un escenario en donde las patadas se reivindican; sin embargo, lo hemos convertido en víctima de su propio invento.

Pero lo que no se puede tolerar es el concierto de patadas que se le han dado a los recursos destinados para su recuperación.

El panorama a la vista se torna gris y a veces oscuro, lo que le permite a uno pensar en qué sería mejor, tumbar el estadio y hacer uno nuevo que ofrezca de paso más comodidad, más seguridad, con las exigencias sismorresistentes, con más facilidad de acceso a él y utilizar así el espacio actual para mejorar la movilidad neivana o seguir apostándole a la remodelación después de que se surtan todos los pasos jurídicos que se están cumpliendo hasta encontrar a un nuevo constructor, o mejor, reconstructor.

En mi concepto el Guillermo Plazas Alcid debe ser removido por razones de conveniencia y desarrollo.

Seguir invirtiendo recursos en el estadio donde juega el Atlético Huila, es un despropósito. Veamos porque:

Un informe de patología forense de la fiscalía recomienda la demolición de la tribuna de occidente donde hasta ahora se han invertido aproximadamente 30 mil millones de pesos.

Otros estudios recomiendan demoler las tribunas oriental, norte y sur.

Independientemente de los detalles de la construcción donde los órganos de control determinarán causas y consecuencias, el estadio de Neiva cuyo proyecto concebido para albergar una capacidad casi equivalente al estadio Nemesio Camacho de Bogotá con población 21 veces superior a Neiva y con una inversión de aproximadamente 80 mil millones no fue una decisión acertada.

Concluir el estadio con su diseño original, evitando que quede como elefante blanco o mejor un Frankenstein puede demandar una inversión de aproximadamente 55 mil millones de pesos adicionales

El gobierno departamental y municipal deberían convertirse en idóneos árbitros de este dilema: o lo tumbamos o lo dejamos. Ahí está mi propuesta.

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