Andrés* espera poder surgir y dejar su violento pasado atrás. Foto suministrada

“Familia no tengo, a mi papá lo mató la guerrilla cuando yo estaba muy pequeñito y mi mamá nunca supe de ella. Desde que me acuerdo, yo vivía con dos abuelitos en una finquita muy humilde y hacía lo que me mandaran. Cuando tenía 9 años me aburrí porque no me daban ropa ni zapatos ni estudio, entonces me fui para el pueblo. Dormía por ahí en los carros, en las bancas del parque, aguantaba mucha hambre”.

Así empieza su relato Andrés*, un joven de 20 años al que la guerrilla de las Farc vinculó a sus filas ilícitamente en el municipio de Algeciras, cuando apenas era un niño.

“Un día, el dueño de una camioneta Dodge 350 me encontró ahí durmiendo y me dijo que me quedara trabajando con él. Nos íbamos todos los días a la vereda Quebradón Sur a recoger la leche, y él me daba por ahí un almuercito y me dejaba dormir en la cabina de la camioneta. Al paso del tiempo él empezó a preguntarme que si me gustaban las armas. Un día me propuso darme 50 mil pesos a cambio de pasar un bolso por el retén militar a la entrada de Algeciras y entregarlo en una casa a 40 minutos de camino. Como yo era un niño no me requisaron y pasé al hombro el bolso que pesaba más de una arroba, yo nunca lo abrí pero qué más se podría pensar que llevaba adentro sino armas. Hice el mandado y recibí de una vez el pago, con eso me compré un pantalón y una camisita”.

“Al otro día nos encomendaron hacer otra entrega, esta vez más arriba en la cordillera. Cuando llegamos vi los cambuches de plástico donde dormían, ahí conocí al comandante “el grillo”, que cuando me vio le dijo al señor que yo acompañaba, ese chino ya está como para que me lo deje, ya le puede al fusil. Ese día no me dejaron porque me asusté mucho y me puse a llorar. Pero seguí haciendo entregas que me ordenaban, una vez me pusieron a regar panfletos a media noche por debajo de las puertas de las casas, yo no supe qué decían porque no sabía leer”.

 

Entrenado para morir o matar

“Así cumplí los 12 años. Al hombre le llegó una orden de captura a la casa. Él me dijo, usted es mi compañero, nos tenemos que ir ya. Nos fuimos por Quebradón Sur y llegamos de noche a Santana Ramos en Caquetá luego de caminar por 14 horas, arrastrando al hombro ese pesado fusil. Ahí había unos 10 muchachos de 15, 16 años, yo era el más niño, a ellos los iban a echar por los lados de la Macarena.

Un día pusieron a un chino de esos a dispararle a una pava y no le daba, “el grillo” me miró y me dijo venga usted y le hace, apunté con el fusil y cuando disparé me caí para atrás y el pájaro cayó también.

Durante los tres meses que estuvieron escondidos en ese campamento guerrillero, a Andrés* lo mandaban a arrimar leña, y también le hablaban de concejo de guerra, fusilamiento, armas y explosivos.

“Siempre la guerrilla le ponía plata de por medio a los muchachos y como muchos eran como yo sin familia ni donde vivir, ellos hacían todo por necesidad. Recuerdo que una vez me encargaron colocar una bomba en el puente Satia, debía llevarla en un bolso, pero yo me negué a hacerlo, y un compañero dijo yo sí lo hago, no sé cuánto le habrían dado, lo cierto es que cuando fue a pasar un alambrado explotó y de él no quedó sino pedacitos”.

 

La decisión

No había cumplido aún los 14 años cuando Andrés* decidió dejar todo esa guerra. “Me dieron la orden de ir a lanzar una granada al puesto de policía de Algeciras por 600 mil pesos, apenas para comprarme una cama porque yo dormía sobre cartoncitos, y que si no lo hacía hasta me podían fusilar. Me eché la granada al bolsillo, tenía que lanzarla entre las 9 y 10 de la noche. Poco antes me senté en el parque a pensar en todo el daño que podía causar y decidí no hacerlo. Me tocó esconderme en la casa de un amigo. Muy a las 5 de la mañana del otro día me fui al batallón, entregué la granada, y me allí me acogieron”.

Ahí terminó el capítulo de Andrés* con la guerra. Luego de ver mucha muerte y violencia en su pueblo, continuó en el proceso de desvinculación con el ICBF, y luego de ser certificado, inició proceso de reintegración con la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) en Huila.

Allí ha encontrado una familia, está terminando su bachillerato y nuevas puertas se le han abierto.

 

Mambrú no va a la guerra

Según el Registro Único de Víctimas, del Gobierno Nacional, 7.583 menores fueron vinculados ilegalmente a grupos armados al margen de la ley, sin embargo, la Procuraduría General de la Nación denunció ayer que esta cifra no correspondería a la realidad por causa de un subregistro.

Esta semana la plataforma de ONG ‘Coalición contra la vinculación por reclutamiento de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia’ le entregó un informe a la JEP, según el cual, se registraron 50 eventos de este delito el año pasado, más del doble de los 24 registrados en 2017.

Por su parte, la ARN continúa con la campaña ‘Mambrú no va a la guerra. Este es otro cuento’, liderada desde 2010, donde a través de la creación o fortalecimiento de iniciativas locales artísticas, deportivas o de emprendimientos sociales en la Instituciones Educativas de la región huilense, se genera entornos protectores para que los caminos de la violencia jamás sean una opción en los niños y adolescentes.

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