El 11 de marzo de 2008 una avalancha de la quebrada El Volcán sacudió a Campoalegre. LA NACIÓN estuvo el día de la emergencia.

Álvaro Trilleras

Periodista

 

Trabajé en el computador hasta las 11 de la noche, de ese domingo 10, horas antes de ese fatídico lunes 11 de marzo de 2008, escribiendo el libro, sobre la historia de la Novena Brigada y luego me fui a dormir.

Me acosté y no pude conciliar el sueño. Sentía sofoco y el deseo de quedarme dormido me fue imposible. Entonces, opté por levantarme a la una de la mañana y seguir trabajando hasta que me venciera el sueño. A las cuatro de la mañana me acosté vencido por el cansancio.

Mi rutina diaria esa madrugada se alteró. No escuché los noticieros de radio de la mañana y una llamada telefónica del periodista Chucho Rojas de la emisora HJ Doble K, me despertó a las seis y media. Me dijo, que un señor de la vereda Bajo Piravante del municipio de Campoalegre, estaba llamando, insistentemente, desde las primeras horas de la madrugada, informando que un hijo mío, estaba desaparecido producto de una creciente de la quebrada El Volcán.

Al escuchar a Chucho, pensé que se trataba de una exageración, puesto que conocía personalmente la quebradita, la que contaba con una corriente de agua de sólo cinco litros por segundo. Sin embargo, le pregunté por el número del celular del campesino y Jesús me lo facilitó. De inmediato, llamé a la casa de mi primera esposa Cecilia y mi hija Tania, me informó que ella, había sido enterada por los avisos de la emisora y ya había viajado a la zona. Me enteró que en la finca, esa noche, además de Oscar Fernando, también habían pernoctado mi otro hijo, Álvaro Ilich y su esposa, Lida Paola Sánchez, ambos estudiantes de último año de Derecho en la Universidad Antonio Nariño y Harold Mauricio Cortés -un amigo y vecino de ellos-, que cursaba segundo año de Ingeniería de Sistemas.

Llamé enseguida al campesino que había suministrado la información y efectivamente, al otro extremo del celular, me respondió: “La avalancha borró del mapa la finca”.

El dolor

Sentí un enorme dolor en el pecho y casi me quedo sin respiración. Pensé lo peor, que me habían arrancado parte de mis entrañas. Por primera vez en mi vida, observé que mis manos y piernas no respondían, temblaban por el impacto de la noticia, y que mi voz se había ido y un nudo se me hizo en la garganta. Sólo atiné a pensar con mucho esfuerzo, se me murieron los muchachos.

Ese lunes comenzando la noche, cayó sobre la cordillera oriental en Campoalegre, una granizada nunca registrada en los últimos 50 años y luego se desgajó un fuerte aguacero. De todos los recodos de la montaña brotaron chorros de agua, los que fueron creando una creciente, estimulada por una alta pendiente, circunstancia que hizo que se convirtiera en una avalancha, la que arrastró loma abajo grandes rocas y árboles de gran tamaño. Cuando la avalancha salió del cañón de la quebrada El Volcán, se encontró de frente con una explanada, donde había varias fincas y la casa donde estaban mis hijos.

Aunque soy de esas personas escépticas por las premoniciones; pensé y reflexioné, que cuando me senté a la una de la madrugada en frente del computador, la avalancha en esos momentos me estaba arrebatando a dos de mis hijos. Muy probablemente, ese era el presagio, de que algo estaba ocurriendo en mi entorno familiar.

Oscar Fernando, no quiso seguir estudiando, era un muchachito inocente, a pesar de contar con 24 años, era de esas personas obedientes y decentes. Solamente terminó el bachillerato y se le compró una finquita cacaotera, la cual contaba con tres lagos, en los que había sembrado cinco mil mojarras rojas, pensando en convertirse con el paso de los años en un próspero finquero. Ese lunes fatídico, mi otro hijo Álvaro Ilich, su esposa Lida Paola y el vecino Harold Mauricio, se fueron a la finca, con el fin de ayudarle a la pesca y de regreso traer cada uno, pescado para el consumo de la casa. Por tarde de ese día, un señor fue y compró la producción del día, la que se aproximó a los tres millones de pesos.

Álvaro Ilich iba de vez en cuando a la finca y nunca se quedaba, ya que era un excelente estudiante, junto con su esposa. Sus ingresos económicos para subsistir, dependían de los trabajos académicos que ambos hacían en la universidad, para lo cual habían colocado un aviso en la cartelera de la universidad.

La tragedia

Una vez enterado, de inmediato viajé al sitio de los acontecimientos. Olía a barro y el ambiente era de muerte. Allí, perecieron dos de mis hijos, la nuera y un amigo de mis hijos. Varias fincas resultaron afectadas y un amplio sector de la región quedó convertido en un desierto.

La comunidad de la vereda Bajo Piravante, toda, nos ayudó y nos colaboró en la búsqueda de los cuerpos de los muchachos y sólo faltó por encontrar el cadáver de Osquitar, ese muchacho inocente, que a la una de la madrugada de ese martes 11 de marzo, cuando se levantó después de escuchar los ladridos de los perros, solamente atinó a decir ingenuamente, que la quebrada estaba creciendo, sin dimensionar la magnitud de la tragedia.

La avalancha, primero, arrastró a ‘Oskitar’ y luego al amiguito, Harold Mauricio, quienes se había despertado, por los ladridos de los perros. Alvaro y Lida Paola estaban dormidos, después de esa agotadora pesca en la finca y la avalancha de la quebrada El Volcan, se llevó las esperanzas de cuatro muchachos, que apenas estaban despuntando en su futuro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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