Carlos Martínez Simahán

El atentado a las Torres Gemelas golpeó en el corazón al imperio norteamericano, al Capitalismo y a la Democracia y obligó a los Estados a protegerse para responder al desafío del fundamentalismo islámico, declarado enemigo del mundo occidental. A las llamadas “nuevas guerras”, como el terrorismo, el trafico ilícito de drogas, el lavado de activos, el fanatismo religioso, las migraciones masivas dirigidas y contraculturales, habría que agregarle el debilitamiento del Estado-Nación, propiciado por el neoliberalismo en el contexto de la globalización. Esa era la situación cuando el atentado del 9/11 impulsó el derecho de los Estados a defenderse de la barbarie que tocaba sus puertas. En el mismo sentido, y ante las violaciones a gran escala de los derechos humanos, nació el concepto de “Injerencia humanitaria” que se contrapone al vetusto principio de la autodeterminación de los pueblos. La diplomacia contemporánea se mueve en la red de esas opciones aparentemente contradictorias.

Ese es el escenario desde el cual debe analizarse la política del Gobierno Duque frente a la dictadura venezolana. Sin espacio para examinar los ataques a nuestra economía hay que decir que ese régimen ha estado en agresión permanente contra la democracia colombiana: las FARC, ahora sus disidencias, y el ELN reciben el respaldo y el abrigo del chavismo; desde territorio venezolano se organizan atentados, como el que acabó con la vida de 22 estudiantes en la Escuela General Santander, (Maduro le anuncio al Grupo de Lima, cuando se reconoció a Guaidó como presidente encargado de Venezuela, que “su respuesta sería terrible”). Numerosos grupos criminales delinquen en Colombia y se refugian en Venezuela para burlar a nuestras autoridades. Es sabido que el “Cartel de los Soles” financia los sembradíos de hojas de coca en Putumayo, Nariño, Norte de Santander y Cauca, y en complicidad con carteles mexicanos, exporta cocaína a Estados Unidos, Europa y el Caribe. También lava los dineros de esa empresa criminal. Recordemos que Diosdado Cabello aseguró hace pocos meses que el candidato Petro les pidió financiación para su campaña presidencial, una muestra clara del intervencionismo venezolano ya probado en la Argentina de Cristina Fernández y en el Ecuador de Correa. No es menos peligroso el espionaje camuflado entre los migrantes que ingresan al país.

Por todo eso es que Colombia encabeza y orienta el cerco diplomático al chavismo en el marco de nuestra reconocida civilidad. No son los intereses de los Estados Unidos los que estamos defendiendo. Son los valores democráticos de nuestra nación que en su trayectoria histórica ha optado por la solución pacifica de los conflictos. El equilibrismo, que se aconseja por la revista Semana, no es una política. Es una huida que ya ha pecado de una inadvertencia nada angelical. Las incomprensiones sobre la gestión del presidente Duque y su canciller H. Trujillo se explican por la “profunda ignorancia y pereza de los civiles en analizar temas de seguridad”, como los sostiene el profesor Malcom Daes. Si. Es una senda difícil y posiblemente larga. Pero no hay otra por donde transitar.

P.S: Bienvenido Omar Yepes Álzate a la presidencia del Di nacional Conservador. Es un político de tiempo completo, leal e incansable defensor de la presencia conservadora en el desarrollo de nuestras instituciones democráticas.

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