Oscar Alvis Pinzón

Justo en los 92 años del natalicio del maestro Gabriel García Márquez, vale la pena recordar que la paz es la gran obra inconclusa del nobel. Nuestro mayor novelista jugó un papel clave en los acercamientos del Estado con las guerrillas. Gabriel García Márquez, siempre sirvió de puente entre los gobiernos colombianos y los grupos insurgentes. También sirvió de contacto secreto entre Fidel Castro y el gobierno de Clinton en el peor momento de las crisis de los balseros, a mediados de los 90.

Gabriel García Márquez, cumplió discretamente las llamadas “misiones secretas”, con relativo éxito, a riesgo de su propia vida. Como lo que le pasó en el gobierno de Julio Cesar Turbay Ayala, cuando un sector de guerreristas lo señalaron como supuesto auxiliador del M-19. El exilio fue uno de los precios que pagó por defender la paz. Sus gestiones discretas en Colombia y en México abrieron vía para que el M-19 se uniera a las negociaciones que ya se adelantaban con las Farc. Pero fue uno de los más decepcionados cuando el M-19 se tomó a sangre y fuego el Palacio de Justicia; lo que prácticamente enterró las posibilidades de paz de esa época. Era un símbolo de unidad nacional. En el confiaban los gobiernos y los grupos armados. La confianza que le tenían era tal que, no se conoce ninguna negativa de algún gobierno o guerrilla, para permitir que García Márquez intentara tender puentes para el diálogo. Finalmente apoyó públicamente los fallidos diálogos de San Vicente del Caguán (1999), cuando Manuel Marulanda dejó la famosa silla vacía en la ceremonia de instalación de esas negociaciones. Después de todos los fracasos, empezó a ver las gestiones de paz con amargura y escepticismo.

Nuestro macondiano e irreverente García Márquez, opinó sobre la paz: “La paz es como la felicidad. Se dispone a plazos y se sabe lo que se tenía después de que se ha perdido”. “Llevo conspirando por la paz en Colombia casi desde que nací”. Solo resta decirle maestro Gabo, muchas gracias por describir con incomparable belleza literaria la vida de nuestro país Locombia, nuestras violencias, nuestras tragedias, nuestra fortaleza como pueblo indómito y contradictorio; pueblo del realismo mágico. Murió García Márquez sin ver a Colombia en paz, una de sus mayores obsesiones. Pero, como dijo el coronel Aureliano Buendía, “uno no se muere cuando le toca, sino cuando se puede”.

 

 

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