Consuelo Serrato

Consuelo Serrato de Plazas

Los valores son cualidades que regulan el comportamiento de los individuos y orientan el proceder y consistencia de sus acciones. Es tal su importancia que Albert Einstein lo concreta de esta manera: «Procure no ser un hombre con éxito, sino un hombre con valores».

¿Por qué un valor primordial para la convivencia humana se halla tan ausente en nuestra sociedad?

En armonía con los principios del buen obrar la honestidad es un patrimonio moral que impacta todas las esferas de la actividad humana. En su sentido más amplio lleva a las personas a proceder de manera transparente en coherencia con el pensar, decir y actuar. De acuerdo con William Shakespeare uno de los gigantes de la literatura universal «ningún legado es tan rico como la honestidad».

Cabe señalar que así como existe una escala de valores morales también la hay de antivalores práctica que sin duda mengua de manera contundente al ser humano. Justamente una de las mayores dificultades que enfrenta la sociedad actual se halla relacionada con la cultura de la deshonestidad que permea numerosos escenarios al extremo de alcanzar niveles de pandemia expresada en actitudes reprochables que en ocasiones son adoptadas como estilo de vida.

Pues bien, día tras día los colombianos nos asombramos ante los sucesivos comportamientos deshonestos realidad que sin duda nos afecta a todos. Sin embargo y quizá por su habitual ocurrencia la indignación que provoca se convierte en flor de un día. Infortunadamente es frecuente encontrar personas que aprueban tales procederes y más grave aún los consideran dignos de imitar.

Desde esa perspectiva valdría la pena hacer alusión a la entrevista concedida hace algunos días por Juan Manuel Tafurt autor del libro ¿Los colombianNOs somos (des)honestos? en el cual pone de manifiesto que luego de realizar 597 encuestas a personas de varias ciudades del país «el 87.6% de los colombianos desconfía de sus compatriotas porque cree que son deshonestos». Sobre el particular considera que «el ser humano mal que bien, es una imitación y emulación de sus antecesores». Ello para significar que los malos hábitos generalmente trascienden de generación en generación.

En armonía con lo expuesto cabría preguntarnos ¿dónde encontrar entonces el antídoto para reivindicar la cultura de la honestidad? En lo que a mí respecta considero que al interior de la familia, por ser el escenario en el cual no solamente se interiorizan los primeros aprendizajes sino donde se inicia la aproximación con los valores siempre y cuando se predique con el ejemplo pues tal y como lo expresara el escritor Stephen Covey: «Tus actos siempre hablan más alto y más claro que tus palabras».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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