Froilán Casas Ortiz

Por estos días de meditación y algo de silencio, permítame amigo lector tratar el tema de las llamadas teocracias. ¿En qué consiste un sistema político teocrático? La palabra Τεοψραψια = Teocracia, tiene raíces griegas, sufijo y prefijo griegos, o sea, gobierno de Dios; traducido sociológicamente, sería el gobierno de la religión dominante, de los religiosos. En las culturas primigenias se veía como algo normal la unión intrínseca de lo político y lo religioso, incluso el rey era considerado enviado y representante de Dios, por eso tenía poderes omnímodos. Este esquema cultural permitió muchos atropellos a la dignidad humana y en nombre e Dios, quien detectaba el poder, cometió las más terribles barbaries, vergüenza de la humanidad. Con el correr de los tiempos se fueron separando el poder político y el poder religioso. Sin embargo, en muchas culturas, el poder político estaba subordinado, en cierto modo al poder religioso. La Iglesia que, está compuesta por hombres de carne y hueso, con la misma materia prima de los demás humanos, cayó en esa tentación de poder y, no cabe duda, se cometieron abusos en nombre de Dios, ¡qué horror! Por fortuna en nuestra cultura occidental, sobre todo después de la revolución francesa, la Iglesia entendió que era sana la separación entre la Iglesia y el Estado. La unificación italiana liderada por Garibaldi y el rey Víctor Manuel II que en 1870 pusieron fin a los llamados Estados Pontificios, permitió a la Iglesia entender que su Maestro había diferenciado entre: “Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo es del César”. Seguramente la unión de la Iglesia y el Estado -los acontecimientos hay que leerlos en su contexto histórico para entenderlos-, tuvo algunas bondades y sin duda era la exigencia de la época. En nuestra patria, la unión de la Iglesia y el Estado fue una exigencia histórica, -hoy no se ve sano-. Enhorabuena la separación de la Iglesia y el Estado, producto de la Constitución de 1991. Hay que evitar los extremos. No es lo mismo un Estado laico que un Estado laicista; quienes odian a la Iglesia y en general a los cristianos, pretenden hacer de Colombia un Estado laicista. El Estado laico, respeta las creencias como expresiones culturales de un pueblo. Un Estado laicista masacra las expresiones religiosas de un pueblo, saca a Dios de todos los contextos; al considerar la religión como asunto privado, empleándolo como axioma cultural, castra y mutila al hombre en su dimensión trascendente: prohibiéndole toda manifestación pública y externa de su fe. En esto han caído muchos cristianos vergonzantes que en los círculos públicos se avergüenzan de expresar su fe. Aquí aplico la frase de la sabiduría popular: “El que se convierte en gusano para qué protesta que lo pisen”. Pero no es menos grave el error de algunos que en nombre de unas “creencias cristianas”, proponen partidos “cristianos” e involucionan hacia nuevas formas de teocracias ya superadas. Los cristianos católicos son libres de optar por el partido de sus simpatías y convicciones, obviamente jamás militarán en un partido que masacre las creencias cristianas. Iglesia libre en un Estado libre.

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